ogros ejemplares
fue vestido por su madre, peinado por la señora Toole e incluso acompañado por ella adonde el fotógrafo. Es un acto cruel hacer este ejercicio. Sin embargo, todos los estereotipos se ajustan al personaje. John Kennedy Toole fue el único hijo de
un matrimonio mayor sin esperanzas de descendencia. Nacido en New Orleans en 1937, desde que tuvo uso de razón siempre estuvo Thelma detrás de él, controlándo- lo, midiendo sus pasos, sobreprotegiéndo- lo, prohibiéndole jugar con otros niños. Su viejo apenas era una sombra en la familia, un mecánico sordo que poco habrá interve- nido en los planes que tenía su esposa para con su retoño: la mejor educación, las mejo- res lecturas, los mejores modales. Y Ken cumplió con las expectativas.
Estudió como pocos, sorprendió con sus notas y redefinió la palabra precocidad. Antes de llegar a los 30 años en su currí- culum figuraban carreras, especializa- ciones, becas y trabajos en universida- des como Tulane, Columbia, Lafayette y el Colegio Hunter. Para entonces no se le conocía novia. Thelma metía las narices hasta allí, y su hijo vivió reprimido. Qui- zás un poco sin saber quién era. Por eso buscó la vida en la literatura.
En crear mundos, inventar y practicar la osadía. Con 16 años, en un receso escolar, terminó de escribir una novela faulkne- riana que metió en un cajón. En el fondo, el acto de encierro y ocultamiento pare- cía una metáfora de sí mismo. A los 24 años conoció algo de mundo
de la manera menos esperada. Una lla- mada del ejército le conminó a acudir a las filas. Era 1961 y su país pensó que John Kennedy Toole podría ser de utili- dad en la base Fort Buchanan de Puer- to Rico, pero como profesor de inglés de los reclutas hispanoparlantes. Allí estuvo dos años y, en sus ratos libres, se le ocu- rrió una idea: arrancar una novela mejor que la anterior. Su protagonista sería un gordo de 30 años, culto, egresado de una universidad, que viviera con su madre controladora en Nueva Orleans y que se pasara el día en su cuarto escribiendo en cuadernos baratos todas las invecti- vas que se le ocurrieran sobre el siglo XX. Cualquier semejanza con la realidad, al parecer, no era pura coincidencia. El título de su novela vino de un
libro de ensayos, epigramas y apotegmas de Jonathan Swift, Thoughts on Various
Subjects, Moral and Diverting: “Cuando en
el mundo aparece un verdadero genio, puede identificársele por este signo: todos los necios se conjuran contra él”.
66 | | Abril 2010
De regreso a su casa materna, Ken
sabía que tenía entre manos una obra maestra. Asimismo se lo confesó a sus allegados. De seguro pensaba que esta- ba por alcanzar la gloria, que su manus- crito le daría el éxito y con éste la total independencia. Pero no fue así. El escritor tocó una puerta editorial y
no se le abrió. Tampoco se amilanó. Vol- vió a otra oficina y dejó su libro. Nadie lo llamó. Ken, sin entender nada, fue a otro sello. Le dijeron que luego se comunica- rían con él. Y así estuvo: recibiendo nega- tivas y respuestas tibias, reformulando capítulos, desechando otros, reescribien- do como un loco. El genio estaba en manos de los necios. Un día, Simon and Schuster mostró interés y el aliento vol- vió al cuerpo de Kennedy Toole. Pero fue una falsa alarma. A las pocas semanas, el
Dio varios portazos, se metió en el carro y se fue hasta Midgeville, Georgia. Allí visitó la tumba de Flannery O’Connor. Se arrodilló y le dijo a la lápida que algún día conocería a sus pavos reales. Volvió al carro y, en una carretera secundaria de Biloxi, Mississippi, frenó. Utilizó el table- ro del auto para escribir algo en un papel, lo leyó despacio y lo guardó en la guante- ra. Después salió y se dirigió al maletero. Lo abrió y sacó la manguera con la que regaba las plantas de la casa de Thelma. La conectó al escape y el otro extremo lo metió en la ventana del conductor, antes de darse el festín de monóxido de carbo- no que lo llevaría a las sombras. Eso suce- dió el 26 de marzo de 1969. Ese fue el día en el que Ken viajó a la otra vida; cuatro meses antes de que el hombre llegara a la luna. Dos trayectos para salir de la Tie- rra, pero de diferentes recorridos. ¿Y qué pasó después? Thelma des-
truyó la carta que estaba en la guantera, pero se hizo la promesa de conseguir lo que su hijo no pudo en vida: la publica- ción de su obra maestra. Lo logró y, des- pués de muerta, en 1984, la gente pudo leer la novela de adolescencia en la que la figura materna tampoco queda muy bien
del todo: La biblia de neón.
Ahora todos echan de menos a Ken.
rechazo minó su autoestima. “Los necios no dejan de joder, por eso son necios”, quizás pensó antes de tirar la toalla. En su casa, su madre controladora
lo esperaba. El panorama no era bueno. Ken se volvió un alambique humano. Bebió todo lo que pudo, los floreros, los acuarios con los peces, el fermento de los jugos. Descuidó su trabajo de profe- sor, empezó a vestirse raro. Un día, hasta vendió tamales en un carrito calleje- ro. La gente pensó que estaba loco. Sus alumnos le perdieron el respeto. Thelma no entendía nada. El genio se comporta- ba como un zoquete. Pero él lo que ya no tenía era ni un miligramo de esperanza. Y sin esperanzas todo lo que te rodea es un mal chiste, un simulacro, un sainete. Un 20 de enero de 1969, el niño Ken
desapareció de Nueva Orleans, después de la enésima discusión con su mamá.
Los necios lo celebran como uno de los mejores escritores norteamericanos del siglo XX, e incluso hicieron una estatua de Ignatius Reilly en la calle 800 de Canal Street, Nueva Orleans. La conjura de los necios se vende por millones, se ha mon- tado en teatro y los intentos de llevarla al cine se ven tan entorpecidos como los que tuvo su autor por publicarla: el actor John Belushi murió por sobredosis de drogas un día antes de reunirse con los productores para firmar su contrato en el papel protagonista, a John Candy lo sor- prendió un infarto en medio de las nego- ciaciones para meterse en la piel de Igna- tius, a Chris Farley también se lo llevó la heroína a escasas semanas de concre- tar lo que sus otros colegas no pudieron. Cuando la maldición estuvo a punto de superarse, con un elenco encabezado por Will Ferrell, Drew Barrymore, Mos Def y Olympia Dukakis, el huracán Katrina apareció para acabar con Nueva Orleans. Entre el remordimiento y la justicia
divina, parece columpiarse esta histo- ria. Quizás en la otra vida un Ken eter- no, de 32 años, lleve una manguera en las manos, mientras busca otro carro. Mien- tras tanto, como ya lo dijo Swift, en ésta los necios no bajan la guardia.
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