cotidianas
María T. Larotta
macrespo49@yahoo.com
Saber vivir
se casó con un millonario. Ahora, la vida le había entregado en ban- deja de plata un marido rico que la amaba profundamente, compla- ciéndole todos sus gustos. Yo, que sabía su historia, le pregunté: ¿el dinero te hace feliz? Ella se quedó pensando y me contestó: “no, pero ayuda”. Yo no entendí muy bien. Lo supe cuando vi una película, de esas que tienen una magistral dirección. A continuación, hago un resu- men del argumento. Un acaudalado hombre de negocios
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se encuentra súbitamente con la noticia de que sufre una enfermedad en esta- do terminal. Sólo le quedan unos meses de vida. Era un ser cáustico y engreído. Carecía de los más elementales valores humanos y no tenía creencias más allá de su facilidad para hacer buenos negocios. En la habitación de un hospital de su
propiedad conoce a otro paciente que, por pura coincidencia, está en idéntica situación por su enfermedad, pero con una personalidad totalmente opuesta. Éste poseía amplios conocimientos en todas las disciplinas del saber huma- no. Ambos enfrentan su propia muer- te de modo diferente. Uno, con sarcas- mo e ironías… y el otro, con profundas
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armen nos invitó a almorzar en su man- sión. Ella había sido muy pobre hasta que
reflexiones. Sin embargo, hay un punto de encuentro: el potentado aprovecha una lista que el sabio está escribiendo para completarla con deseos que él puede hacerle realidad antes de morir. Su fortu- na está a la orden para vivir todo aquello que aún no había vivido. Cada uno escri- be sus deseos en papel y salen juntos a recorrer el mundo. Durante el viaje, el sabio descubre
que el ricachón tiene una hija a quien quiere profundamente, pero cuyo cariño no es correspondido por no haber sabido expresárselo nunca. Irónicamente, tam- bién él se da cuenta de que ha abando- nado con su viaje lo más importante en su vida: su familia. De común acuerdo, ambos deciden regresar, uno a su sole- dad y el otro a su hogar, no sin antes intentar cada uno hacer algo bueno por el otro. El materialismo de uno y la rique-
za espiritual del otro se unen en una amistad tan fuerte que transforma las vidas de ambos para apreciar lo que realmente es importante: el deseo de hacer felices a otros y lograrlo antes de morir. La fusión de ambas per- sonalidades se logra con un epi- sodio hilarante donde la sabi- duría de uno destruye el único valor que el otro exhibía como un emblema del privilegio de ser rico. La película me hizo com- prender que la riqueza “ayuda”
a ser feliz sólo, y sólo si… puedes usarla para hacer felices a otros. De resto, ¡cuán- to daño puede producir la acumulación de fortuna si arrebatamos con ella los derechos de los demás, o si no nos con- mueve la necesidad ajena ni la pobreza! Nada en esta vida da más satisfacción que poder hacer felices a otros. No hay felicidad posible sin el valor máximo que todos tenemos a nuestro alcance: el amor y el aprecio de nuestra familia. Alejarnos de ella por conflictos de dinero o dejar que padezca por no ayudarla es lo peor que podemos hacer diariamente. Dar es recibir. No hay nada que destruya esta ecuación. La soledad, la tristeza y la des- esperación se ahuyentan con la caridad, y todos podemos practicarla en momentos de crisis. Eso, definitivamente, es saber vivir.
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