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pelota en juego

lMundial 2010:

infaltables barajitas ya calientan el ambiente. No hay escapatoria posible: el

Mundial de Fútbol Suráfrica 2010 se acerca. Y como todos quieren subir al tren, las empresas han encargado a sus agencias publicitarias la elabo- ración urgente de publicidades rela- cionadas con la cita universal. Una mayonesa que patea un balón, una salsa de tomate uniformada de fut- bolista, unos cauchos que corretean por una cancha y un automóvil que se dirige a Johannesburgo por una carretera imaginaria. Sólo faltan por aparecer en las

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esquinas del país aquellas reuniones, a veces altisonantes, en las que los coleccionistas intercambian los cro- mos, en procura de éstas o aquellas “que no me han salido a pesar de todo lo que he gastado para conseguirlas. Qué vaina”. En realidad, el Mundial de Fút-

bol ha dejado de ser una competen- cia meramente deportiva para con- vertirse en un show mediático, en el que la televisión lo ha cambiado todo. De aquellas románticas estampas en blanco y negro de los años cincuen- ta y sesenta, cuando el fútbol mantenía una cierta pureza, se han pasado a las de estos tiempos, en los que todo tiene que ver con marcas de ropa deportiva y con los dictámenes que ema- nan desde las fortalezas inexpugnables de la Fifa y los magna- tes televisivos. Cristiano Ronaldo hace un gesto cuando falla un gol can-

tado, y más de mil millones de aficionados en el planeta han visto su mueca. Kaká anota un tanto desde un ángulo imposi- ble, y no hay quien no se entere que miró al cielo y agradeció al Señor que le haya dado esa oportunidad. David Beckham corre por la cancha y las cámaras le siguen para resaltar lo estrafa-

| Marzo 2010

Cristóbal Guerra

crisluisguerra@yahoo.com

a fiebre comienza

e unos días para acá, la televisión ha comenza- do a llenarse de las imágenes que sólo es posible mirar cada cuatro años. Cuñas de concursos, de productos que se relacionan con el evento y las

lario de sus tatuajes. Ellos saben que los están mirando y que, al día siguiente, niños y jóvenes del mundo los imitarán, como se imita el peinado de un artista o la manera de vestirse de una estrella de rock. Son los días que corren, los días del color y de la imagen. Tal vez se haya perdido mucho de aquel misterio que envolvía a los jugado- res cuando llegaban a los escenarios mundialistas y se hayan desvirtuado las interrogantes típicas: “¿Qué traerá Brasil esta vez, con qué nuevos garo- tos nos irá a sorprender?” o “¿Quiénes serán los mejores jugadores de Fran- cia, cómo será su estilo de juego?”. Por entonces no había publicidad televisi- va con las caras de los jugadores, ni colecciones de barajitas que nos acer- caran a sus uniformes: todo era el juego y el afán por conquistar la Copa. Ahora la tele escudriña y nos ofre-

ce, casi diariamente, los partidos de todas las ligas posibles. Ya no hay cartas escondidas, pero qué se le va a hacer: eso es lo que les ha correspon- dido vivir a los adolescentes de esta era. Para ellos no hay nada mejor que lo actual, como fue para los mayores su momento. Como quiera que sea, llega el

Mundial. A poco más de dos meses, la ansiedad comienza a diezmar la paciencia de la gente, que ve en los 64 partidos a disputarse durante un mes

una manera de evadir las dificultades cotidianas y de olvidar las deudas con las tarjetas de crédito. Se enciende el televisor y ahí está otra vez el frasco de mayonesa haciendo malabares con la pelota, el envase de salsa de tomate cantando un gol, los cauchos que llegan al arco y dejan un surco tras su recorrido, el automóvil deteniéndose a las puertas del Soccer City Stadium de Johannesburgo para el partido Suráfrica-México, que marcará la inauguración del Mundial. Y usted, ¿ya tiene el álbum encima del escritorio de su ofi-

cina? ¿Ya comenzó a comprar los paquetes de barajitas? ¿Cuá- les le faltan?

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