esto no es una pipa
Milagros del Kindle
H
a venido esta amiga a instalar en mi la idea del Kindle, el dispositivo de Amazon del que, se dice, ayudará al fin de los tiempos del libro en papel y de los periódicos impresos y de cuan-
ta cosa susceptible de ser leída que utilice ese soporte, pro- ducido tras una compleja molienda de árboles. Es Kindle, el exterminador. Si la historia me la estuviera contan-
do este otro amigo fanático de la tecno- logía, de la conexión total y de cuanta red social se le ocurra a alguien lanzar, ya le hubiera despachado y mandado al dia- blo. Pero a ella la escucho con atención y con bastante sorpresa. Esta amiga es periodista muy conoci-
da, escritora además y lectora de discipli- na y voracidad. Y ahora la tengo en la sala de mi casa tomando la Coca Cola ligera que le permite una dieta fundamentalis- ta y suspirando por tener un Kindle en su cartera, planificando cuándo lo com- prará y ponderando sus bondades con tal pasión que hasta se permite el ejercicio de visualizar el futuro del anhelado apa- rato: “Sueño con que haya una versión en tres dimensiones que sirva para estu- diantes de medicina, para que vean cómo funciona el sistema circulatorio. O para arquitectos que verán sus diseños en 3-D. Yo sé que eso se va a dar y yo lo voy a ver. Ya no habrá excusas para la ignorancia”. La miro. Tomo un poco de porto-tonic y empiezo a creer que
tiene razón. Ella -sus amistades la reconocerán- cultiva una singular
relación con los libros: los hace “circular”. Una vez que los lee, los regala. O los presta sin prisas para, al final, dejar que alguien se los lleve y sólo conserva los títulos de autores venezolanos que le interesan por razones académicas o sentimentales. No deja de ser interesante y justiciera esa práctica, pero des-
pués de pagar lo que cuesta un libro en estos días y en este país, la verdad es que no me apetece mucho andar en ese plan, como no sea en el dando y dando de los cambalaches organizados por Relectura en las plazas de Chacao. Sus argumentos dan en el clavo cuando, sin piedad, mira
mis libros apilados en el piso y dice “no, no, no, eso es absurdo”. Y no cede ni siquiera cuando le explico que están ahí porque he sido desalojado de mi “estudio” por ese par de ocupadores de espacios en que se van convirtiendo mis morochos, que ya andan en el desenfreno del gateo. “No, no, no”, vuelve a decir y comienza a dibujar un mundo en el que uno carga su biblioteca
8 | | Abril 2010
Oscar Medina L.
ommedina@gmail.com
entera metida en un artefacto de un centímetro de ancho que pesa 290 gramos. La idea es seductora. Es, a su manera, lo mismo que el iPod: mete todo ahí, olví-
date de las cajitas de plástico de los CD y anda por la vida cada vez más ligero. Vuelvo al porto-tonic y caigo en cuenta de mi realidad, de la crisis de espacio: los discos archiva- dos en carpetas fuera de sus empaques originales, los 65 gigas de música en la computadora, la necesidad de desechar lo que ya no cabe en el apartamento y la contundente maravilla del formato MP3. Si algo similar se puede hacer con los
libros, ¿por qué no? Dejar los imprescin- dibles, los especiales, las recopilaciones de periodismo y desocupar y desocupar para no ver más esas torres de tomos en los rincones. Aligerar la carga y leerlo en todo en una pantallita que, según dicen, hace el esfuerzo de parecerse al papel. A fin de cuentas, ¿para qué es que
uno almacena libros? Para tenerlos a mano el día en que necesites retomar algo de ellos, para alimentar la vana ilu- sión de que dentro de algún tiempo vol- verás a leerlos, para mirarlos y sentir- te tontamente orgulloso del tenor de tu biblioteca, para mandar a hacer bibliote- cas… Tonterías sin sentido.
Ella lo tiene tan claro: “A esta edad es muy poco lo que sé que
voy a releer”, dice. Y suelta un ejemplo: El lazarillo de Tormes es un título al que siempre quiere regresar. Y cuando le asaltan las ganas de hacerlo hoy, simplemente conecta su computador y lo lee así, en el monitor. A esas alturas de la conversación, ya estoy esperando que
saque un folleto sobre el Kindle y me presente un plan de com- pra con pagos en cuotas que no podré resistir. Se ha convertido ella en la mejor vendedora de Kindle que pudiera tener Ama- zon. Pero no. Su convencimiento es genuino y desinteresado: tan sólo quiere sumar adeptos a la causa en la que pronto mili- tará sacando su aparatico un día de estos en algún café de Los Palos Grandes para leer la última novela de quién sabe quién o pasar entre las páginas de El País. Sé que un día la veré en eso: buscando un lugar seguro
para encender su Kindle fuera del alcance de algún ladrón de Blackberry devenido en hampón sofisticado. Mientras eso llega, esta tarde no ha podido resistir mirar un poco entre los tomos desordenados y se ha llevado la antología de perfiles de Julio Villanueva Chang que me han traído de Lima. Sólo espe- ro que no la incluya en su programa de lecturas circulantes.
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