Se debió principalmente, al siguiente factor: una minoría de agricultores, más lúcida y progresista, se cansó de las reivindicaciones utópicas de sus propios líderes gremiales, de las propuestas no factibles formuladas por seudoexpertos en desarrollo agrícola y de la ineficiencia del aparato estatal.
Agricultores como líderes de innovación Esta minoría, que seguramente no llega al 10% de los productores rurales. fue la que en gran parte, contribuyó a la duplicación recién mencionada. Esta minoría decidió ignorar la retórica populista/ demagógica/paternalista y tomar, en sus propias manos, la corrección de las ineficiencias del negocio agrícola, haciéndolo dentro de sus fincas y en muchos casos organizándose para hacerlo fuera de sus tranqueras. Los agricultores que
protagonizaron esta revolución productiva han sido merecidamente premiados con un gran éxito económico; no porque las políticas hayan sido favorables o porque los gobiernos hayan sido generosos
en la inyección de recursos a la agricultura, sino sencillamente, porque ellos se han vuelto más eficientes. Sin embargo, aún no podemos entusiasmarnos con este éxito, porque es muy parcial y excluyente.
Es parcial porque estos
agricultores que ya han alcanzado una mayor eficiencia, aún pueden volverse mucho más eficientes y, consecuentemente, mucho más exitosos en el negocio agrícola. Para ello tendrán que ejecutar una segunda etapa de innovaciones, cuya adopción, a ejemplo de lo que ocurrió en la etapa anterior, también depende mucho más de ellos mismos que de sus respectivos gobiernos. En esta segunda etapa necesitarán incrementar aún más sus rendimientos por hectárea y por animal, diversificar su producción para disminuir la dependencia del crédito rural y para evitar riesgos innecesarios, reducir pérdidas durante y después de la cosecha, mejorar la calidad de sus productos e incorporarles valor, racionalizar la administración de sus fincas para eliminar sobredimensionamientos y ociosidades en ellas existentes y,
especialmente, corregir los errores que ellos mismos siguen cometiendo en la adquisición de los insumos y en la comercialización de sus cosechas. Si ellos ejecutan esta segunda
etapa, alcanzarán la denominada eficiencia total o integral, que es el único pasaporte realmente seguro para tener rentabilidad y competitividad; los que lo hagan tendrán creciente éxito económico en la agricultura, y poco los afectará lo que hagan o dejen de hacer los gobiernos de los países ricos, los organismos internacionales o los gobiernos de su propio país. Es excluyente porque
desdichadamente el otro 90% de los productores, mucho más por falta de conocimientos que de decisiones políticas, sigue siendo víctima de anacrónicos “expertos” y “líderes” rurales, quienes siguen ilusionándolos con obsoletas, utópicas e ineficaces ayudas paternalistas; y manteniendo dicha mayoría en el círculo vicioso de la ineficiencia, de la dependencia y de la pobreza rural.
Educación generacional Dichos “expertos y líderes” siguen proponiendo que los agricultores mendiguen créditos, subsidios y proteccionismo, en vez de recomendarles que exijan de sus gobiernos una educación rural de calidad, que les enseñe a ellos y a sus hijos, los conocimientos útiles, las aptitudes y las actitudes que necesitan adquirir para que ellos también puedan hacer algo similar a lo que ya hicieron los agricultores innovadores; y a través de esta vía realista, se vuelvan menos dependientes de un Estado que, seamos realistas, está cada vez más debilitado, empobrecido e inoperante. Para concluir, la siguiente reflexión: proporcionar a los agricultores los conocimientos necesarios para que ellos mismos puedan resolver sus problemas es la solución de mayor eficacia, menor costo y mayor perdurabilidad en el tiempo. Ésta es la solución más realista; y en las actuales circunstancias de gobiernos debilitados y empobrecidos, es el único camino posible para que el desarrollo rural con equidad deje de ser un simple enunciado de buenas intenciones y pase a ser una realidad concreta.
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PRODUCTORESdeHORTALIZAS • OCTUBRE 2013
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