para reforzar dichas pautas de compor- tamiento: “Antes de que ellos se lo frie- guen a usted, mi hijo, friégueselos usted a ellos”… “Si te pegan una vez, hijo, tú les regresas dos”… y “De que lloren en tu casa, a que lloren en la suya; mi hijo, mejor que lloren en la suya”… Del mismo modo, también en el
seno de familias, principalmente de clase media y alta, se siguen viendo ejemplos de padres que pretenden en- señar a sus hijos a desarrollar la habi- lidad de “hacer negocios” como un si- nónimo de aprovecharse de los demás, sin ninguna consideración ética ni de límites legales. Todos los que nacimos en las déca-
das mencionadas, tuvimos por lo menos un maestro, que descaradamente pasa- ba a los alumnos que le caían bien y/o a las alumnas que le gustaban y que ade- más, hacía todo lo posible para reprobar a aquellos que por alguna razón le caían mal o no le hacían “la barba”. Pero no pa- saba por nuestra cabeza el hecho de ir a denunciarlo a la dirección, tal vez, por temor a no ser escuchados y reprobar irremediablemente la materia. A los que crecimos con éstos mo-
delos de comportamiento, no nos cau- só demasiada extrañeza que al entrar a la preparatoria a un equipo de futbol soccer o de americano, tuviéramos que enfrentarnos a una serie de novatadas salvajes de las cuales se podría escribir todo un tratado. Del mismo modo, tampoco nos sor-
prendimos demasiado, a finales de los ochenta o principios de los noventa, cuando entramos al mundo laboral y tuvimos que enfrentarnos con nuestros primeros jefes autoritarios y prepoten- tes, mismos que no nos daban toda la información necesaria para hacer una tarea o proyecto, con el propósito deli- berado de ponernos a prueba y/o hacer- nos sufrir, o bien, que se sentían con el derecho de ponernos en evidencia o ri- diculizarnos ante nuestros compañeros, si, en su opinión, cometíamos un error. Por desgracia, ese tipo de jefes siguen existiendo. En este contexto, era frecuente es-
cuchar una frase lapidaria, sobre todo en el sexenio del ex presidente Carlos Salinas de Gortari: “El que no transa no avanza”… con una argumentación com- plementaria similar a la siguiente: “To- dos los que están arriba o tienen lana, es porque han hecho “transas”, desde el jefe de una oficina hasta el presidente. Así es que, “¡hay que ponerse truchas!”... se decía en las calles y en los pasillos de las oficinas y de las escuelas.
Son imposibles de olvidar las frases
célebres que muchos de nuestros fun- cionarios públicos de la época confesa- ban a sus amigos en privado: “A mí, que no me den, sólo que me pongan donde hay…” y en su momento decir también con absoluto convencimiento, en el últi- mo año del sexenio presidencial: “¡Es el año de Hidalgo, que chingue a su madre el que deje algo!”… Por todo lo anterior, vale la pena preguntarnos:
¿Cuántos de los funcionarios públi- cos de todos niveles que gobiernan actualmente nuestro país son “hijos” de la cultura de la transa y el “ganda- llismo”?...
¿Cuántos fueron hijos golpeados o abusados y llevan en su “ADN” éstas pautas de comportamiento?...
¿Cuántos han hecho una carrera po- lítica para tener la oportunidad de aprovecharse de sus puestos y nom- bramientos con el único propósito hacer las transas de su vida y lograr su enriquecimiento personal?...
¿Cuántos de nosotros mismos creci- mos bajo esa cultura?...
¿En qué medida hemos sido y somos parte de la corrupción y reproduci- mos cada día, en mayor o menor gra- do, ese tipo de esquemas?...
No cabe duda de que en México, nos
hace falta mucha ayuda psicológica pro- fesional.
LAS DIFERENTES RAZONES Y FORMAS DE ROBAR
Estarán de acuerdo conmigo en que hay maneras de perder un partido de futbol, maneras de fallar un penal, maneras de reprobar un examen, maneras de salir de una fiesta, maneras de terminar una relación, maneras de levantarse de una caída y, por supuesto, maneras de robar. Aunque en todos los casos se trate
de un robo, es decir, de que una persona tome algo que no le pertenece, en mi opi- nión, es muy diferente que un indigente robe un pan para tener algo que comer, que un adulto mayor robe unos billetes de una cartera para poder comprarse una medicina, que un joven adicto a las drogas robe un reloj a mano armada para comprarse su dosis del día, que un empleado se robe papelería de la oficina porque considera que no recibe un sala- rio justo, que una secretaria le robe unos cheques a su jefe bajo el pretexto de que éste la trata mal o simplemente necesita el dinero, a que un funcionario público robe porque aspira a tener una vida llena de lujos y comodidades. Aun cuando todo tipo de robo sea
inaceptable, considero que no todos tie- nen el mismo tipo de consecuencias y que tampoco en su origen podemos en- contrar el mismo grado de enfermedad, resentimiento y maldad en las personas que los cometen. Sin entrar en demasia- dos detalles, definitivamente pienso que no tiene el mismo impacto y consecuen- cias robarle a un pobre que a un rico, a una persona honesta que a una desho- nesta, ni tampoco, robar el dinero o los bienes de una persona, que el dinero o los bienes de una empresa, ni que del di- nero o recursos del erario.
EL PROFESIONAL OPINA 117
Foto: Shutterstock
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