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ARTÍCULO


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una realidad habitualmente criticada entre académicos de ciencia política, periodistas y demás estudiosos del ramo: la conver- sión de la democracia en ‘partitocracia’. Como resultado de su historia reciente, la Transición española forjó partidos po- líticos fuertes con el objetivo de dar esta- bilidad política al país. Así, y en un claro proceso de disfunción, el poder de las for- maciones replica ahora no sólo en los órga- nos legislativos y ejecutivos, sino también en los judiciales, los auditores, los financie- ros… y de forma más o menos sutil en el mediático y editorial. De ahí que no pueda extrañar que desde los partidos se conmi- ne a los movimientos sociales a convertirse en formaciones políticas para ejercer ple- namente sus derechos de representación. Dicha afirmación refleja esa tenden- cia a identificar democracia con partidos políticos, desdeñando otras formas de participación. Por otro lado, la llamada a engrosar la lista de formaciones políticas en España (72 formaciones se presentaron a las elecciones generales de 2011) contri- buye a establecer la idea de que los parti- dos padecen una notable incapacidad para relacionarse con colectivos distintos a los tradicionales de la vida pública, es decir, entre ellos mismos, con los sindicatos y con las asociaciones de empresarios. En su obra ‘El poder en movimiento’, el


profesor de Ciencia Política y Sociología, Sidney G. Tarrow analiza la convivencia de estos movimientos sociales junto a formas que podríamos calificar de tradicionales y respecto a la supervivencia de dichos mo- vimientos afirma: “Dado que el poder de los movimientos depende de la moviliza- ción de oportunidades externas, cuando éstas se expanden de los disidentes a otros grupos y pasan a las élites y las autorida- des, los movimientos pierden su principal fuente de poder. Durante breves periodos los movimientos parecen irresistibles, pero se dispersan rápidamente y adoptan for- mas políticas más institucionales. Aque- llos que ostentan el poder con inteligencia explotan estas oportunidades facilitando selectivamente algunos movimientos y re- primiendo o ignorando otros”.


ANTIPOLÍTICA Y OTROS RIESGOS Esa institucionalización de la que advierte


Julio - Agosto 2013


Tarrow conlleva un riesgo que, por compa- ración con otros países europeos, es fácil- mente identificable: la llegada de la anti- política a los órganos de decisión. Como bien señala Ignacio Martín Granados en su último artículo para la revista Molinillo, “la antipolítica se desenvuelve muy bien en la crítica y el hostigamiento, en la política de trinchera, pero suele carecer de elementos constructivos que ofrezcan alternativas al poder que trata de neutralizar”. Otra cues- tión es que sus resultados electorales les permitan condicionar de forma clave las políticas promovidas por grupos con ma- yor representación. Desde el punto de vista de la comu-


nicación electoral la duda que es cómo cimentar una campaña política sobre tan débiles cimientos de credibilidad como los que indican ahora las encuestas. Si volvemos de nuevo nuestra mirada hacia el entorno europeo observamos que éstas han derivado sus campañas hacia los per- sonalismos y que los actores tradicionales (partidos políticos y líderes) no han encon- trado respuesta satisfactoria al auge del populismo. Nigel Farage en Reino Unido, Le Pen en


Francia y Beppe Grillo y Silvio Berlusconi en Italia son ejemplos recientes del regre- so a los mensajes populistas que ocupan el hueco dejado por los partidos tradicio- nales, incapaces ya no sólo de ofrecer res- puestas a los problemas, sino como hemos comprobado, de articular discursos cohe- rentes que señalen el camino a recorrer. En el caso español, la ley electoral com- plica la irrupción de un fenómeno así con resultados similares, pero la incorporación de un personaje de estas características a una lista electoral ya conocida sí puede contribuir a aumentar significativamente su presencia en las instituciones. Y, en todo caso, a aumentar el grado de tensión en el ambiente político. Conscientes de ello y de la pérdida de


poder que el empeoramiento de la crisis institucional puede tener sobre sus siglas, los partidos comienzan a dar modestos pasos hacia el aperturismo. Dentro del ámbito de la comunicación y la demo- cracia debe interesar particularmente la tramitación de la ley de transparencia, así como la regulación de las actividades de


lobby que se han realizado hasta ahora sin publicidad, extendiendo la mancha de la sospecha. En otros ámbitos, sin embargo, como el referido a la organización interna de los partidos (financiación, elección, pro- moción de cargos orgánicos…), el bloqueo es prácticamente total.


PARTICIPACIÓN Considero que la política española debe re- correr aún el camino cultural que en otros ámbitos sí ha acogido con mayor naturali- dad. Me refiero a la tesis de la participación y la colaboración ciudadana que con tanto entusiasmo se proclama, por ejemplo, en temas relativos a la seguridad. El triunfo o fracaso de los movimientos sociales tendrá que ver con el poso que dejen una vez la coyuntura haya cambiado más que el de- venir de sus acciones concretas. De igual modo, de los partidos es la


oportunidad de crear fórmulas que contri- buyan a dotar de protagonismo a la socie- dad civil con el fin de prevenir disfunciones como el populismo. En ese sentido, opino que la contribu- ción de dichos movimientos a la creación de una masa crítica con el quehacer del po- der político se ha hecho evidente en el mo- mento en que los partidos han integrado en sus agendas iniciativas concretas para apaciguar esas demandas. Es decir, en el momento en el que ins-


tituciones y formaciones políticas han per- cibido su debilidad ante manifestaciones que hasta la fecha acostumbraban a estar bajo su control y que, ahora, debido a la confluencia de la crisis económica, polí- tica e institucional, desbordan las formas de actuación de los partidos. Y pone con- tra las cuerdas el ‘sistema de turnos’ en la gobernanza española evidenciando que el bipartidismo, bajo su actual configuración, no es capaz de atender las demandas ciu- dadanas.


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Diego Campo, periodista político. Máster en Comunica- ción de Instituciones Públicas y Políticas por la Universidad Complutense de Ma- drid. Autor del blog Procesos Electorales.


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