ogros ejemplares
dicos y revistas, que fue traductor, que incursionó en el teatro con la adapatación de Los reyes en el destierro de Alphonse Dau- det, que terminó la nouvelle Historia de una reina y que en tres años firmó otras seis novelas naturalistas en donde no se ami- lanó para arremeter contra toda clase de tabúes (La mujer de todo el mundo, Crimen legal, Declaración de un vencido, Noche, Cria- dero de curas y La sima de Iguzquiza), Carri- llo desaparece en la bruma de sus sueños. “¿Por qué lo has abandonado?”, dice una
voz entre tinieblas. Darío no sabe qué res- ponder. Quiere decirle que no es cierto, que irá su casa a ayudarlo en cuanto pueda, que Sawa es su hermano y que aún recuer- da con gracia cada una de sus ocurrencias. Una carcajada parece atravesar el mundo consciente e inconsciente y la oscuridad desaparece. En su lugar se ve a Alejan- dro Sawa desesperado por sus deudas, en
de las mayores de las decadencias: el poeta francés, muerto, en un lecho de miserias. Sawa se horroriza ante tamaño desen-
lace para un pobre mortal, y hace maletas. Le habla a su mujer e hija de la inminencia de su regreso a España. Allá espera reanu- dar su carrera literaria. Y llega para vivir en el arrepentimiento. Busca trabajo sin mayor éxito. En tierras castizas su nom- bre es apenas el eco de algo. Las puertas de Francia tampoco vuelven a abrírsele. El escritor español Rafael Cansinos Assens lleva rato sin verlo y va a visitarlo en su resi- dencia de Conde Duque. Quien le abre la puerta es su viejo amigo rodeado de perros y envuelto en una sábana como si fuera un juez romano. Darío los mira conversar y escucha cuando Sawa le confiesa al otro que su encierro se debe al hecho de haber empeñado toda su ropa. Cansinos Assens no guarda ni pizca de perplejidad y luego,
mismo día en el que recibió la misiva aque- lla. Se da cuenta cuando saca de la gaveta de su escritorio aquel papel que termina con estas palabras: “Serás en lo porvenir, como un muerto, o, mejor, como si no hubieras existido jamás”. También corrobora sus sospechas al momento de tomar entre sus manos el sobre que le sigue, firmado por Ramón María del Valle-Inclán y que habla del triste funeral de Alejandro Sawa, al que Darío no asistió y en el que se remedó el fin de Verlaine. “He llora- do por él y por todos los tristes poetas”, dice una línea. Y en otra remata: “Tuvo el fin de un rey de tragedia. Murió loco, ciego y furioso”. El poeta hace memoria. Ni por asomo
se imagina que luego Sawa vivirá en muer- te la tragedia de haber sido opacado por un personaje literario inspirado en él: Max Estrella de Luces de Bohemia. El mismo pro- tagonista de esa obra de Valle-Inclán, a quien le espetan en un episodio: “No has tenido el talento de saber vivir”. Tampoco sabe que el cuerpo de su amigo no tiene ubicación exacta. Aquella tumba que lucía el epitafio de Manuel Machado, “Jamás hombre más nacido/ para el placer, fue al dolor/ más derecho”, ya no le pertenecen a sus res- tos. La razón se cae de lo obvio: a falta de dinero para pagar el alquiler, los despojos terminaron en una fosa común. Rubén Darío llora en silencio la muer-
te de su compañero. “Aún era joven”, pien- sa, “apenas tenía 47 años”. Entonces busca entre sus legajos, en sus pendientes, en el libro que está moviendo para publica- ción post-mortem y moja la pluma en tinta antes de escribir: “Juana Prier de Sawa, la viuda de Alejan-
busca de una salida fácil a su debacle eco- nómica. El bohemio reúne gente con dine- ro y le habla del método que descubrió Vol- taire con el matemático La Condamine para ganarse el millón de francos en la lotería municipal, que le permitieron vivir con comodidad por el resto de sus años. La labia del hombre es digna de alabanzas. Sus capitalistas le creen y lo acompañan a los casinos de Bélgica para presenciar el milagro. Ni las matemáticas ni menos aún la suerte de Sawa aparecen para salvarlo de cada una de las apuestas que realiza. Su piel cetrina se torna blanca y la mirada expresiva en ojos pintados. Así que huye lleno de acreedores a lo más profundo de París. Corre como un galgo a la rue Des- cartes en plena madrugada del invierno de 1896. Busca a Verlaine para hablarle de sus apuros, pero llega demasiado tarde. Lo que tiene ante sus ojos es un cuadro digno
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en su residencia, escribe esta línea: “Mos- traba el gesto arrogante de un césar. Sus rasgos de estatua clásica contribuían a la impresión”. Después viene lo inevitable. En 1906,
con apenas 46 años, Sawa suma a sus mise- rias y a sus dolores reumáticos una ence- falitis que termina por sumergirlo en la tragedia. Con ella primero pierde la visión y luego la cordura. Así lo ve Darío, bajo vapores y líquidos, dictándole a su mujer el volumen confesional Iluminaciones en la sombra y la carta que ahora tiene en sus manos, la tercera que envía un Sawa que echa espumarajos por la boca. Y, entonces, en ese momento el vate
nicaragüense despierta. No sabe cuánto tiempo ha pasado ni
cuantos sueños ha enlazado en su extra- vío. Siente que lleva meses recreando la misma pesadilla. No se encuentra en el
dro Sawa, me ha pedido un prólogo para el libro póstumo de su marido. Lo haré con gusto en memoria de mi vieja amistad con el gran bohemio y por complacer a la buena, a la gene- rosa compañera que por veinte años suavizó la vida de aquel hombre brillante, ilusorio y desorbitado”. Darío vuelve a mojar la pluma en el tin-
tero, antes de proseguir con otro párrafo. A su lado descansa el borrador de Ilumina- ciones en la sombra. En la primera hoja se alcanza a leer lo siguiente: “1901-1 de enero Quizás ya sea tarde para lo que me propon-
go: quiero dar batalla a la vida. Como todos los desastres de mi existencia
me parecen originados por una falta de orienta- ción y por un colapso constante de la voluntad, quiero rectificar ambas desgracias para tener mi puesto al solo como los demás hombres…” De este episodio ya se cumplieron sus
primeros cien años.
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