pelota en juego lLiteratura, fútbol y béisbol, os mundos paralelos
que, debido a sus ocupaciones, lo seguía solo “moderadamen- te, cuando el tiempo lo permite”. Según el literato nacido en Anto- fagasta, quien cumplió 70 años de edad el mes pasado, “el fútbol pro- cura una alegría plural”, y por eso no estaba de acuerdo con aquellos intelectuales que lo rechazan. No obstante esa “modera-
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da afición”, Skármerta ve a este deporte como un mundo al que él no pertenece, un cosmos distante que tiene sus propias leyes y sus muy particulares procederes. Tal vez esta manera de ver el fútbol se relaciona con aquella ances- tral actitud de uno y otro univer- so, literatura y deporte, que sue- len mirarse con recelo y como dos entes que nunca se encuentran, como líneas paralelas que son. Uno, el de las letras, se rige por los intangibles preceptos del inte- lecto, del ingenio para los sími- les y las metáforas; el otro, por el afán competitivo tan inherente al hombre, y por el dinero contante y sonante. Dos valores existencia- les, dos categorías conceptuales de la vida: ¿hay uno más impor- tante que el otro o ambos se complementan en el ideal de no ser sus actores, personas de este mundo terrenal y contradictorio? Claro que este estado de cosas ha ido cambiando con los
días, y hoy parecen estar más cerca que nunca. Tanto que, lan- zando el pudor por el barranco de los prejuicios, muchos de los hombres de letras asumen su afición futbolística en proclamas públicas, y hasta asisten a los estadios regularmente. El brasile- ño Chico Buarque, reciente ganador por tercera vez del premio Jabuti -el más importante de la literatura de su país- en la cate- goría de Ficción con la novela Leche derramada, es socio carneti- zado del Fluminense, uno de los equipos tradicionales de Río de
| Diciembre 2010
ace algunos días, leíamos un texto del escri- tor chileno Antonio Skármeta en el que el autor de El cartero y El baile de la Victoria hablaba de su afición por el fútbol, aunque a la vez admitía
Cristóbal Guerra
crisluisguerra@yahoo.com
Janeiro. Y va, con la camiseta tricolor del club adherida al torso, a cada partido de su equipo del alma. Los jugadores -y aquí debemos hacer una extensión hasta
el béisbol en la realidad venezolana- viven, como sus congé- neres de los libros, en un planeta aparte. Sintiéndose más allá del bien y el mal, reconociéndose como raza hecha de otra made- ra que todo lo ve detrás del cris- tal de la vida, el atleta profesional se acostumbra a la idea de que las cosas que suceden en el mundo real no son con ellos. Ni la política, ni la economía, ni la complejidad de la problemática social; nada. Ellos moran en la vecindad de Ali- cia en el país de las maravillas, y no hay asunto humano que los pueda tocar. Y de cierta manera tienen razón: no dependen de la economía doméstica venezolana -en el caso de los peloteros y de los futbolistas que juegan en el exterior-. Su plata es en dólares, en cuentas extranje- ras, y eso, más allá de la excomu- nión, los sube hasta el altar de los distintos. Sin embargo, como hasta a los
dioses del Olimpo alguna vez les corresponde bajar a la geografía de los mortales, no hay escritor famo- so que no pase de moda, ni jugador profesional que no pierda su lumi- nosidad de figura. Unos y otros, heridos por el dardo punzante y
gardeliano según el cual “el viajero detiene su andar”, vuelven a ser humanos y a darse cuenta de que el olvido tiene otros olvi- dos. Sintiéndose habitantes de otra galaxia, distante y mejor, por un tiempo soslayaron sus puntos de partida. Pero, al retor- nar, los hombres comunes los comienzan a mirar con la indife- rencia de los iguales. Y ser igual es de algún modo el reencuen- tro con la felicidad, porque en el cielo de la fama también se vive entre tribulaciones. ¿Será, por cierto, la Navidad, tiempo propi- cio para el cruce de estas líneas paralelas y para el aterrizaje de escritores, futbolistas y peloteros en la asfaltada autopista de la gente normal?
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