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rosa de los vientos


El nacimiento ocurrió en noche de gruta y hallacas


Solsticio de Invierno en el hemisferio norte. Tres millones de años antes, en el valle de Hadar, África, una homínida había erguido sobre dos pies su tímido metro de estatura para iniciar una larga caminata bípeda hacia el Homo sapiens. Los antropólogos hallaron su esqueleto en 1974 y la bautizaron “Lucy”, como la canción de The Beatles.


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El Príncipe y la urna de cristal Hace 20.000 años, en las cuevas de


Lascoux, manos ya humanas tiñeron otro solsticio pintando formas antropo- morfas y animales en la roca, para rogar- le a la Madre Tierra -cubierta por el hielo- que durmiera confiada, porque habría de despertar a la resurrección cuando el equinoccio de primavera fungiera de


“madama” y fuera fecundada por el Sol. En el siglo XVII, Charles Perrault


escribiría un cuento ¿infantil? que recrearía pudorosamente el lujurioso arquetipo del Eterno Retorno, con el ingenuo nombre de “La Bella Durmien- te del Bosque”, artilugio prudente dadas las posibilidades de arder en hogueras purificadoras.


De trinidades Siglos antes de Cristo, en Grecia,


cuando el solsticio presagiaba la ago- nía solar, Dyóniso (Bakkhos) ayudó a los mortales a encender fogatas y tender manteles con uvas y cráteras, que con- minaban el alegre retoño de las cosechas. Eurípides plagió a las tres Moiras,


diosas del Destino (Clotos enhebra el hilo de la vida, Láquesis lo mide y Átropos lo corta): “…el zumo de dorados racimos hace brotar de las ánforas los vapores del ensue-


| Diciembre 2010


ño y Dyóniso, hijo de Zeus, desgrana uvas en la boca de Ariadna y la fecunda con el beso del vino”. Abundan referencias a las ini- ciáticas diosas femeninas (la masculini- dad divina vendrá después, con las reli- giones monoteístas). También son tres las Parcas (Fatas) romanas y las Nornas escandinavas (Urd “lo que ha ocurrido”; Verdandi “lo que ocurre” y Skuld “lo que ocurrirá”).


Pesebre viviente El nacimiento de Jesucristo en una


gruta solapó el solsticio de invierno, y en 1223 un hombre que amó animales y hombres hizo el primer Pesebre. Suce- dió en Umbría, Italia: Francisco de Asís armó un establo en una cueva con el Hermano Asno y el Hermano Buey. Flan- queado por ambos, compartió pan y vino. Todo estaba vivo, lo animal y lo huma- no, lo profano y lo sagrado, los humil- des campesinos con perros y ovejas que aguardaban al Hermano Lobo.


La hallaca: envoltorio mágico Los solsticios se sucedieron y el Nuevo y el Viejo continente se encon-


traron. La geografía venezolana de llano, cordillera, selva y agua caribe dio a luz un milagro gastronómico al conjuro de la voz indígena hayaca -envoltorio-. Se celebró la boda de la autóctona masa de maíz, con el relleno aromado por ibéri- cas reminiscencias. La hoja de plátano ofició de madrina para envolver texturas. El mestizaje dio a luz un gran plato que Venezuela obsequió al mundo, hecho por manos que enlazan una poética de esté- tica y sabor artesanal. Es compromiso de unión de grupos


familiares similar al de hace 20.000 años en cavernas donde, con fuego prometei- co robado a los cielos, manos sabias que carecen de edad cocinaron alimentos y pintaron bisontes y caballos. Manos naci- das hace mucho, pero que tornan a hacerlo cuando alguien mira o saborea su legado. ¿Cómo pudieron nuestros ancestros


pintar y cocinar en la oscuridad de las gru- tas? ¿Cómo pudieron ellos, toscos cazado- res, crear un arte culinario y pictórico tan lleno de gracia? ¿Cómo pudieron ellos…?


¿O fueron ellas? las mismas eternas manos femeninas que hoy siguen amasando nues- tras hallacas solsticiales.


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omenzó en una cueva un 23 de diciembre de hace miles de años, cuando la Noche de Capricornio decretó el


José A. Sáenz A. saenzbriones@gmail.com


“El día se va despacio, la tarde colgada a un hombro;


las aceitunas aguardan la noche de Capricornio”. Federico García Lorca


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