ogros ejemplares
Through Slaughter, apunta a otro lado: Buddy Bolden no hizo un pacto con el diablo en una encrucijada como el bluesman Robert Johnson. El barbero se saltó todas las alcabalas y ceremonias. Él no estaba para esos trámites… Bolden lo que logró fue mezclar la música de los himnos religiosos con el blues, para después alternarlos las veces que fueran necesarias. Una música es de Dios; la otra
de Satán. Y al Señor no le gustan nada
esos empareamientos. Ese fue su gran pecado.
Todo lo que se tiene sobre la
vida de Bolden es insuficiente. No hay ni un disco, ni cartas, ni ins- trumentos, ni partituras para la posteridad. Su paso por el mundo parece una simple anécdota, un chascarrillo. Sólo existe una foto real de Bol-
den. Está vieja y muy borrosa. En ella aparece con la corneta
en la mano izquierda y acompaña- do de su grupo musical. Todos vis- ten un traje oscuro y muy elegante. El fotógrafo elegido respon-
día al nombre de Bellocq. Era un enano lleno de deformidades, siniestro, siempre sospechoso de algo. No era de mucho hablar y casi todas sus fotos eran de putas: desnudas, vestidas, con sus mascotas, solas… Esa era su fijación. Por eso, cada vez que ase- sinaban a una, se lo llevaban a interrogar. Bolden era su amigo, y quizás no
creyó del todo lo que pasó con Bellocq unos meses después de tomar esa foto: El tullido de los bajos fondos pidió
algunas sillas prestadas hasta reunir 17. Las colocó en las cuatro paredes de su habitación. Se subió a cada una de ellas, y le prendió fuego al empapelado desde media altura hasta el techo. Luego se sentó en el centro del cuarto de seis por seis.
Y esperó a convertirse en incendio y
ceniza. El tramo más aciago en la vida del
músico es el penúltimo: Bolden se perdió de su ciudad por un
tiempo. Bolden apareció cuando nadie lo esperaba. Bolden salió a tocar con la orquesta de Henry Allen en un desfile…
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y enloqueció en medio de la marcha, con su corneta y la música a medio tocar a la altura del 335 Customhouse, la calle que luego se llamaría Iberville, el sitio exac- to en donde el inventor del jazz perdió el juicio.
Nunca habló con nadie, ni siquiera
con sus visitas. Nunca, ni en sus peores delirios, se proclamó precursor del jazz.
“Tratable, responde bastante bien, ilu- siones paranoicas, también delirio de grandeza, alucinaciones acústi- cas y ópticas; habla consigo mismo. Gran capacidad de reacción. Faltan el sentimiento y la capacidad de jui- cio. Empeora. Pronuncia secuencias de palabras incoherentes. Escucha voces de las personas que lo molesta- ban antes de venir aquí. Diagnóstico: demencia tipo paranoide”. Diagnóstico anual del paciente Charles Bolden. East Louisiana State Hospital, 1921.
Buddy Bolden murió en el hos-
pital de locos, el 4 de noviembre de 1931, a la edad de 54 años. Lo enterraron en una tumba
sin nombre en el cementerio de Holtz.
En el libro El Jazz de Joachim
Berendt, el autor afirma que en el hospital aparecieron las 40 ó 50 cartas que escribieron la madre y hermana de Bolden. La mitad tienen que ver con los cinco dólares que hicieron falta
Nadie entendió qué carajos pasó. Algunos piensan que fue por el calor
inclemente de ese día. Otros por sus pro- blemas personales. Lo más pragmáti- cos coinciden en que todo fue culpa del alcohol. Quizás no era nada de eso. Quizás
Buddy Bolden pensó en medio del desfile: “no vine al mundo para ser el flautista de Hamelín. Ante todo, soy barbero y editor. O se vuelve loca mi ciudad con mi música o antes me vuelvo loco yo”.
A sus 30 años de edad Buddy Bolden
fue ingresado al East Louisiana State Hospital para enfermos mentales. El cen- tro tenía una orquesta de locos en la que Bolden nunca se animó a tocar. Él prefi- rió cortar el pelo, cada vez de peor forma, al resto de reclusos. Cuando terminaba, entregaba las tijeras a la autoridad, y se ponía a pelear por horas con su imagen reflejada en el espejo.
para el entierro. En todas lo llaman Charles. En ninguna se habla de él como
músico. Ni como genio.
Entre sus admiradores y discípulos
más famosos se cuentan Bunk Johnson, Freddie Keppard y Louis Armstrong, quien llegó a decir que la locura de Bol- den fue producto de tocar tan alto. Jelly Roll Morton logró rescatar de su
memoria un tema con el que Bolden solía cerrar sus presentaciones: “Funky Butt”. Así que lo grabó bajo el nombre de “Buddy Bolden’s Blues”. Duke Ellington también le dedicó un homenaje con la suite “A drum is a woman”. Sidney Bechet fue otro que se sumó al carro con “Buddy Bolden Stomp”. Nina Simone no se quedó atrás con “Hey, Buddy Bolden”.
Nadie entendió qué carajos pasó.
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