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equipaje


con la mente bastante abierta, evitando cualquier intento de comparación con el mundo occidental. Muchas son las sor- presas –desde amenas hasta verdaderos shocks culturales- que asaltan al visitan- te a la vuelta de cada esquina. Al final, la conclusión será que se necesitan muchas visitas para descubrir todos o al menos un buen número de los misterios y reco- vecos de la capital china.


Para el turista puro y duro Esta clase de viajero debe tener claro


que ir a Beijing sin poner un pie en la Muralla China es un acto de extrema cobardía. He de confesar que esta travesía la


tenía guardada para cuando mis top ten de la lista de “lugares-a-donde-tie- nes-que-ir-mientras-estés-sana-y-aún- controles-tus-esfínteres” se agotara; es más, la excusión en cuestión ocupaba un número bastante más cercano al 30 que al 10. Sin embargo, el destino ha hecho que aún en plena juventud y control cor- poral me haya enfrentado a las alturas de una de las maravillas de la ingenie- ría, arquitectura y locura jamás pensada como lo es la Muralla China. Un trotamundos no se amilana ante


todos los escalones que se le presentan en su horizonte, ni a la bestial longitud, ni a la altura de vértigo, ni mucho menos a esos cartelitos que ponen “Vea por donde pisa”... Una vez allá arriba, no hay miedos que puedan vencer las ganas de ir más hacia delante ni más alto, a pesar de la ausencia de protectores “anti-caídas”. Eso sí, sin zapatos cómodos, agua y


atuendo que enfrente al temperamento climático de la época del año, ni se le ocu- rra emprender el ascenso. Existen varios accesos a la famosa


muralla, siendo el de Badaling el más popular por su cercanía a Pekín pero el más abarrotado de gente y de vendedo- res ambulantes. Es por eso que Simatai, a unas tres horas de la ciudad, es una opción para quienes quieran experimen- tar el misticismo de las alturas. En los hoteles, hostales y hasta en las


oficinas de información turística ofrecen viajes organizados a módicos precios, dependiendo de cuál acceso sea y del tipo de excursión elegida, ya que algunas incluyen la visita a la Tumba Este de la Dinastía Qing. Recomendable es evitar los paseos con una “parada” en tiendas de recuerdos.


134 | | Septiembre 2010


Otro punto de interés para el turista


puro y duro es la Ciudad Prohibida. Ubi- cada frente a la Plaza de Tiannamen, el inmenso retrato de Mao Zedong, el cual cambian cada septiembre por otro idén- tico, da la bienvenida a la que fue la casa de 24 emperadores durante 500 años. Se requiere prácticamente medio día


y mucha paciencia para ver con calma – después de caerse a codazos y empujones con miles de chinos y extranjeros- algu- nos de los 980 palacios, salones y pabe- llones que hasta 1949 estuvieron veda- dos al pueblo chino y al curioso públi- co. Al final del día, la sensación de haber estado en un lugar como ése es única, y muchas imágenes quedarán colgadas en su memoria durante largo tiempo.


Pekín de antaño, Beijing de hoy La opulencia añeja de la Ciudad


Prohibida contrasta con la vida allen- de muros. Ya desde los años noventa, la capital china venía experimentando un imparable “progreso”, cuya velocidad se activó a la velocidad a-lo-ciencia-ficción al otorgársele el carácter de sede de los Juegos Olímpicos de 2009. Entonces se inició una nueva era para China y los pekineses, quienes en un pestañeo vie- ron cómo los especuladores inmobilia-


rios arrasaban a su paso con los vestigios de la antigua Beijing. De 1.100 templos sobrevivieron 200, y


no todos se encuentran en buenas con- diciones. Ni hablar de los hutongs, típicas construcciones constituidas por callejue- las que albergan casas con patios centra- les. Se afirma que más de la mitad de los pekineses habita en hutongs y, al descu- brirles el filón turístico, el gobierno se ha dedicado a salvar, restaurar y mantener algunos de ellos. Merodeando por Pekín, se pueden


descubrir muchos, específicamente en las inmediaciones de las calles Dazha- lan y Liulichang. Y aunque un auténtico hutong cuenta –como ha sido desde siem- pre costumbre en cada barrio- con un solo baño colectivo, las antiguas casas con patio central que han sido transfor- madas en hoteles poseen todas las como- didades occidentales, pero conservando el encanto de antaño. La modernidad es como un zapato


de Manolo Blahnik que aún le va gran- de a la capital china. Por doquier pulu- lan centros comerciales donde Cartier, Zara, Dolce & Gabbana y H&M les otor- gan la categoría correspondiente. Transi- tando por las calles paralelas, donde las luces de neón y el olor de McDonalds ya


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