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letras y tiempos


bajar en las minas. Él perdió a su mamá un poco grande, a los 29, yo a los 9 años. Él dice que lo importante no es el dios, sino la fe. Y eso yo lo vengo pensando desde muy niño. Yo me crié en un hogar donde mis padres eran evangélicos. Crecí leyendo la Biblia, cantando a los ángeles, yendo a la calle a predicar con mi viejo.


-Le dedica la novela a su padre. -También tiene mucho de mi viejo


el Cristo. En todo lo que yo escribo hay algo autobiográfico. Hay algunos escri- tores a los que no les gusta confesar eso. No sé por qué. Uno parte de sensaciones, uno escribe con sus sueños y todo eso es autobiográfico.


-¿Cómo se imagina a su padre leyendo esta novela, viendo a ese Cristo tan herético? -El viejo hablaba muy poco, era muy


El desierto es el gran personaje de mis


libros porque yo estoy contándolo y can- tándolo, escribiéndolo y describiéndolo. El desierto me hizo ser imaginativo: es un paisaje donde no hay nada y nosotros teníamos que llenarlo con la imagina- ción. Así como ahora a mis libros tengo que llenarlos de palabras para describir un paisaje donde no hay nada.


-Usted ha desempeñado muchos oficios en su vida. -Fui minero salitrero durante 30


años. Hice de todo. Cargador de tiro, pin- tor, mecánico, barretero. Hice todos los oficios. A ninguno llegué a maestro. Pero en uno sí: cuando fui pintor de brocha gorda. Me volaba pintando y me encanta- ban las terminaciones. Y de repente, los jefes empezaron a ver que lo que yo pin- taba quedaba muy bien terminadito y me ascendieron a maestro.


-El Cristo de la novela tiene como experiencia clave la muerte de su madre. Algo parecido le sucedió a usted, que perdió muy joven a su madre. -Hay muchas que nos asemejan con


él. Él, a los 15 años, se arranca de la casa para ir a trabajar a las salitreras, justo la edad en que yo también empiezo a tra-


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parco, como todos los mineros. Yo creo que el viejo me miraría de reojo y move- ría la cabeza. ¿Quieres que te cuente algo muy raro de mi viejo? Él era analfabe- ta. A él nunca lo mandaron a la escue- la. Se crió en el campo. Trabajaba desde los cinco años. Se crío con unos abuelos y los abuelos lo explotaban. Él aprendió a leer adulto, en la Biblia. Nunca apren- dió a escribir. Sólo dibujaba la firma. Y si tú le pasabas otra cosa, una revista, no podía. Decía que no podía. Nada más que la Biblia. ¿Raro, no?


-¿Cómo es su relación personal con Dios, la religión y la Biblia? -Esta novela no la hubiera escrito sin


esa experiencia religiosa que yo tuve de niño. Porque el tono que se necesitaba para escribir esta novela es el del predi- cador. El lenguaje que se necesitaba era el del lenguaje bíblico, una mezcla del lenguaje bíblico y el lenguaje llano. Pero, actualmente, no profeso ninguna reli- gión. Las respeto, por supuesto, pero creo que me vacuné contra las religiones y los religiosos cuando niño. Ahora, cuando necesito religiosidad o


espiritualidad, porque todo el mundo las necesita, acudo a la poesía. O como dice Van Gogh por ahí, cuando necesito espi- ritualidad miro las estrellas. En mi caso es la poesía, las estrellas y el silencio. Yo necesito una dosis de silencio todos los días. Una o dos horas para estar solo conmigo mismo, en silencio. Y eso me


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lo enseñó el desierto. Ahí uno siente la inmensidad del silencio. Por eso, en algu- na parte yo decía que Dios es el silencio.


-Una persona como usted, que defiende tanto el silencio, ¿cómo hace para sobrellevar una gira publicitaria como la del Premio Alfaguara? -Yo ando con el silencio a cuestas. Yo


ando con una coraza de silencio. El silen- cio se puede cultivar. Para esta gira yo no pedí ni aviones de primera clase ni hote- les cinco estrellas. Sólo pedí mis horas de soledad, más o menos entre las dos y las cuatro de la tarde.


-¿Cuál es su dinámica de escritura? -Yo soy lo más antimetódico que hay


para escribir. No me impongo horarios. Trabajé con horario rígido durante más de 30 años y no me voy a imponer hora- rios yo ahora. A mí lo que me gusta es el proceso creativo. Yo no soy feliz con la novela terminada. Yo no hago mapas, planes ni hoja de ruta. Yo me tiro así como Colón se tiró al mar, guiado por las estrellas, pensando en llegar a la India. Si el escritor se tira al mar pensando en


llegar a la India y llega a la India, puede que sea una novela lograda. Pero la gran novela es esa en que, a mitad de camino, los perso- najes toman vida propia, se amotinan, toman los barcos y descubren América: esa es la gran novela.


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