ogros ejemplares Bolden tenía al rey del barrio de mecenas, quien le enviaba
todos los días dos botellas de whisky de centeno Raleigh Rye. Cuentan que Buddy se las tomaba desde que abría el negocio, mientras se la pasaba a la clientela de pico en pico en esa bar- bería forrada con el papel que sobró del Palacio del Caoba, un famoso prostíbulo de la época. Era frecuente que al mediodía Buddy Bolden estuviera
beodo perdido. Era en esos momentos cuando sus cortes se vol- vían más atrevidos. En la tarde, la cara de la gente
era enjabonada por otro barbe- ro. Pero, cuando pensaban que estaban en buenas manos, Bolden abría una puerta y volvía dando tumbos con la navaja de afeitar. Nadie podía resistirse o llevarle la contraria. Él gritaba a viva voz que tenía nervios de acero. Y se dispo- nía a cortar bigotes en personas que querían mantenerlo. Los habituales sabían que
debían llegar antes del mediodía para evitar molestias y heridas.
lar, Si existía algo que le gustaba a
Buddy Bolden era trabajar en The Cricket. Éste era un pequeño perió- dico creado por él. Como editor se esforzó a su manera: en la bar- bería casi todos los clientes eran soplones que daban el grueso de las notas para el pasquín. Bolden publicaba todo lo que le decían, sin comprobar la veracidad de tan- tas teorías descabelladas y hechos aislados. Las noticias de The Cricket
tenían que ver con el análisis de los matrimonios rotos, chismes sobre otros músicos y el cotilleo de los criados de gente importante. Algu- nas historias parecían sinopsis de cuentos dignos del surrealis- mo: gallos de peleas que atacaban a sus árbitros hasta matarlos a picotazos, lo que tardaba todas las mañanas un político de la zona en decidirse por una camisa, marinos que lanzaban a las putas por la borda para que alcanzaran la orilla con su esper- ma, cerdos que comían manos de granjeros, iguanas que come- tían asesinatos, etc. A veces, Bolden se metía en la escena del crimen y disfru-
taba trazando planos de aficionado para las notas The Cricket. Así lo mantuvo desde 1899 hasta 1905.
Bolden tenía una mujer de nombre Nora Bass. Con ella hacía
el amor todas las tardes, a las cuatro, al cerrar la barbería. Era una antigua prostituta, al igual que todas sus hermanas con las que Buddy también se había acostado en su momento. Su suegra millonaria, una viuda borracha que siempre andaba con una pitón a cuestas, solía visitar a Bolden. Cuando se veían, los dos tomaban y conversaban hasta quedar inconscientes.
92 | | Septiembre 2010 Una noche la mujer se metió en su carro y se despidió de su
yerno. Algunas horas después Buddy consiguió el Envictor con el cadáver de la suegra adentro: alguien la había estrangulado. Cuando fue a la comisaría con la muerta, casi lo apresaron
por sospechoso. Pero, mientras defendió su inocencia ante los policías, un pillo tomó el coche enfrente de la gendarmería y lo robó con todo lo que tenía adentro. Sin cadáver no había herencia. Bolden trazó planos, urdió teorías, colocó mil anuncios en The Cricket. Al cabo de un tiempo, un amigo
detective le esclareció el crimen: la culebra tomaba el fresco al lado de la conductora. Por alguna razón se enganchó en la rueda trasera de carro, y agarró lo primero que encontró para no ser expulsada: el cuello de la suegra. A salvo, mal- trecha y repuesta de la impresión, la pitón se fue por el monte como una homicida involuntaria.
Buddy Bolden era guapo, popu- fanfarrón, mujeriego, alocado.
No escribió música, tampoco la leía y tocaba de oído. Llegó a prestar sus servicios en
ceremonias, picnics, fiestas, bailes íntimos, entierros y en los vapores del Mississippi. El Masonic Hall o el Globe solían ser sus plazas habituales. Su técnica era capaz de alcan-
zar intensidades que hacían daño al oído. No le importaba sostener una nota larguísima delante del respetable. No le importaba agrie- tarse los labios en cada intento. Buddy Bolden no tenía menta-
lidad de músico profesional. Pese a todo, algunos expertos
aseguran que inventó el big four: el salto en el cuarto tiempo del compás. Hay quienes afirman que su sonido era comparable al de Louis
Armstrong, pero cuando éste último pegaba su trompeta a un micrófono con los altavoces encendidos. Dicen que Bolden tocaba casi todo en si bemol. Había un dicho en Nueva Orleáns cada vez que el hombre sopla-
ba su corneta: “Buddy Bolden is calling his children home”. Los niños lo llamaban “King Bolden”. Otros lo bautizaron como “The Big Noise”, porque su sonido
se escuchaba a una milla del club en donde tocaba. Algunos, en cambio, iban más allá: juraban que el ruido de Bolden era capaz de atravesar toda Nueva Orleáns de cabo a rabo.
En el Bolden interno se gestó una pelea entre el bien y el mal en
donde, como es normal, el ogro tuvo que pagar las consecuencias. Muchos estudios dicen que tocó el jazz más lento y per- suasivo de la época. Pero el libro de Michael Ondaatje, Coming
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