casos y rostros
Giro definitivo hacia el arte “Mi vida dio un giro hacia el arte un
día en que estaba frente a una obra de Jesús Soto, un cubo virtual. Estando allí parado, me imaginé ése espacio tridi- mensional en movimiento.
Inmediata-
mente lo asocié a los programas de gra- ficación 3D que había estudiado en la universidad y supe que, mediante estos programas, la obra podría modularse, variar, cambiar. Alterando las alturas en los distintos elementos del plano para generar volúmenes en el tiempo, podría producir el movimiento y crear una obra fabulosa. Tenía idea de cuáles podían ser los algoritmos para moverla. “En ese instante, ésta fue sólo una idea
de algo que se podía hacer. No trabajaba como artista, por lo que no se materializó hasta pasado un tiempo. Lo que sí pensé, fue que sí ésta, la de Soto, era una obra de arte importante, hacer algo con movimien- to en esta línea también podría serlo. “Por supuesto, no estaba satisfecho
con lo que estaba haciendo. No me sentía a gusto en mi carrera. Esta semilla esta- ba sembrada en mí, la inquietud artísti-
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ca vivía en mi interior. Cuando era niño, hacía dibujos en el colegio. Siempre tuve una inclinación hacia la expresión visual y me encantaba dibujar carros de carrera y submarinos, por fuera y por dentro, con perspectivas minuciosas. Recuerdo que, cuando llegaba al colegio con mis dibu- jos, mis compañeros me preguntaban quién los había hecho y me ponía furio- so. Siempre me ha gustado crear y, sobre todo, la originalidad. “Creo firmemente en la originalidad,
por eso nunca pensé en ponerle motor o darle movimiento a la obra de otro artis- ta. Por otra parte, como ya dije, vengo de una familia de artistas y tengo el ejemplo claro de que se puede ser artista y vivir del arte. Esto tiene un valor y un peso en el mundo de hoy. No tengo estudios formales de arte.
Los pocos estudios de color y de pintu- ra que hice fueron con Gego, mi abuela. Era una actividad de visita semanal a su casa. Ella me ponía a combinar los colo- res según estos fueran aditivos o sustrac- tivos. Era profesora y sabía cómo estimu- larlo a uno para realizar un trabajo. Esas
tardes con mi abuela influyeron en mi forma de ver el color. No puedo afirmar que utilizo estos conocimientos direc- tamente, pero sí creo que influyeron de forma definitiva en mi concepción de las obras que realizo. “Una vez que la primera obra estuvo
lista, sentí la confirmación de que podía dedicarme a esto. Una de las primeras personas que vio mi obra y me apoyó fue Magdalena Fernández, artista plás- tico venezolana. A ella le gustó mucho e invitó a un arquitecto que estaba curan- do una exposición sobre la ligereza o la ingravidez a que viniera a ver mi obra al taller. Él vino, vio la obra y, efectivamen- te, se interesó. De inmediato me ofreció participar en la muestra. “Esa fue mi primera exposición. A
partir de ese momento todo fue dándose con tropiezos, pero de forma natural. Apliqué al Salón Aragua y me rechaza- ron. Con la misma propuesta me fui al salón Michelena y en éste sí me acepta- ron. De esa experiencia me quedó uno de los premios del salón. Éste me lo gané con mi segunda obra”.
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