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N O R M A I N E S R I V E R A


CALEIDOSCOPIO Borola Tacuche, precursora feminista


N


acida en 1948, DOÑA BOROLA TA- CUCHE, así con mayúsculas, es uno


de los personajes más representativos y evocadores del maestro Gabriel Vargas. Ella es la esposa de don Regino Bu-


rrón, madre de Reginito y Macuca y sobri- na de Cristeta, la reina de París. Su hermano es Ruperto Tacuche, el


ratero redimido, cuyo rostro oculta bajo una bufanda, enamorado de Bella Bello- ta y panadero en La Hojaldra. La heroína de La Familia Burrón es


una mujer fuerte, brava, imaginativa, amorosa, a la que nada arredra ni detie- ne para conseguir sus propósitos. Igualmente capaz de vender gato


cias a la intervención de su maestro, pudo asistir. En 1951, ganó el campeonato, en Argenti-


na, en los primeros Juegos Panamericanos, con la presencia del presidente Juan Domingo Perón. En 1953, fue doble campeón en Estados Unidos y en 1955 volvió a ganar el oro en los Panameri- canos en 3 y 10 metros. Entonces se convirtió en el rival a vencer. El veterano campeón aseguraba que “cuan-


do se tiene la certeza de poder enfrentar con éxi- to a los grandes, todo se puede lograr”. Y así lo demostró desde su debut en los Juegos Olímpi- cos de Londres, en 1948, donde obtuvo la prime- ra de sus medallas -bronce en la plataforma de 10 metros-, cuando sólo tenía 19 años. Después ganó la de plata en Helsinki y dos


en Melbourne, Australia, una de oro y otra de bronce. Cuatro medallas olímpicas en 12 años. El único deportista mexicano con 4 me-


dallas olímpicas y que logró dos, en los mis- mos Juegos Olímpicos de 1956, fue además 4 veces campeón Panamericano, hazaña jamás alcanzada por otro atleta nacional. Obtuvo otras 6 en Juegos Centroamericanos y fue en 3 ocasiones campeón de EU en la modalidad de clavados. El pasado 8 de mayo, mientras se hallaba


en la entrada del edificio donde vivía en Torres de Mixcoac, en la ciudad de México, el veterano deportista sufrió un repentino desvanecimiento. Fue auxiliado hasta su modesto departamento por unos vecinos, pero minutos después falleció. Con su partida, México ha perdido a una de sus más grandes glorias. G


por liebre, en el más literal sentido de la palabra, que de enarbolar su mosquetón en defensa de las sufridas mujeres de su vecindad, Borola es el perfecto equilibrio para un esposo tímido, sensato, modes- to, honrado y responsable, que comple- menta su vida y su hogar con la deliciosa locura de su compañera, una mujer que representa el ingenio, la imaginación, la lucha, el riesgo y sobre todo, el disfrute por la vida. Siempre soñadora y añorando una


posición social que nunca llegará, Boro- la no conoce riesgos para emprender las más locas aventuras, de las que no siem- pre saldrá triunfante, pero que nunca la derrotarán. Es de hecho una precursora del femi-


nismo militante, que un día arrojó en una gran pira un montón de sostenes, en los tiempos más beligerantes y radicales del movimiento, aunque en el fondo es una mujer conservadora o señora de su casa. Según palabras de Juan Villoro, para


la guereja, “las inundaciones no se re- median desalojando el agua sino orga- nizando un servicio de taxis flotantes. Su disparatada manera de corregir la reali- dad desata toda clase de estrategias in- fructuosas para sobrevivir con entusiasmo en un país donde la turbina de un avión se arregla con un alambrito”. Creada por la fértil imaginación y ta-


lento de don Gabriel Vargas, Borola fue la manera de ganar una apuesta con un colega dibujante, que lo retó a crear un


personaje femenino en un historieta. Di- cen que es el alter ego del primer perso- naje ideado por el maestro, don Jilemón Metralla y Bomba, pero más bien Borola se cuece aparte. Audaz y extrovertida, con el sueño no cumplido de dedicarse a “le- vantar la patita” y ser una artista famo- sa, Borola es también retrato de la mu- jer mexicana que enfrenta, sin rendirse, la cruda realidad, que comparte con su compañero la diaria lucha por subsistir y que la afronta con ingenio y humor. Quizá si fuera real, andaría organi-


zando marchas para demandar vivienda y protestar por el cinismo y la corrupción gubernamental. Algunas ocasiones sus vecinos han intentado postularla a di- putada. Menos mal que nunca logró su objetivo, porque ahí se desdibujaría su personalidad para siempre. Contaba don Gabriel que se inspiró


en un vecino para crear a Regino, arque- tipo del hombre luchón, pero mediocre, de la clase media que cada día está más baja, y que originalmente Borola iba a ser grande y gorda, pero a la hora de dibu- jarla, por la facilidad del trazo, la convir- tió en una mujer flaca y cachetona. “Yo quise hacer un héroe de la clase


media, un mexicano como hay miles en el país, que a pesar de ser personas inte- ligentes, no pueden salir de donde están por más esfuerzos que hacen. Tal parece que la adversidad los persigue”, afimaba el genial caricaturista. Como todos los personajes creados


por el maestro Vargas, Borola y su familia reflejan el ser del mexicano auténtico, ése al que aprendió a conocer en sus largas caminatas por la antigua avenida de San Juan de Letrán, por los teatros, cafés y restaurantes de un México que se ha ido y añoraremos siempre. Hoy, Borola y su familia están de luto


porque su creador ha partido al Valle de las Calacas, a seguir dibujando y hacien- do las delicias, tal vez, de los afortunados que han dejado este mundo. Empero, sus personajes del Callejón del Cuajo número mil chorrocientos, siguen siendo el más fiel espejo del mexicano chilango. G normarivera538@hotmail.com


GENTESUR 53


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