MI MAESTRO, UN SER EXCEPCIONAL GUADALUPE LÓPEZ ZAVALA
Volteaba la mirada hacia el cartón y me decía nuevamente: -Vengo de buenas. ¿Por qué? -¿Cómo que por qué? Te estoy dictando y ya está hablando Regi-
no. Mira, mejor vete al baño a hablar por teléfono o vete a comprar unos tacos, para que te dé el aire, porque si no, no das una. Entonces yo lo abrazaba y él, con fingido enfado, me decía: -Ya, ya, por favor. Dedícate a trabajar; después echamos maro-
mas. Realmente era una delicia trabajar con él. Así como vacilába-
mos, otras días eran de no hablar más que para aclarar alguna duda sobre el trabajo que íbamos a entregar. De repente me decía: -Quién te viera tan calladita. Ni los suspiros te he escuchado hoy,
muy trabajadora, jua, jua, jua. ¡Cómo no! Tengo muy presente una anécdota inolvidable: Un día, cuando Lupita, su esposa, se fue a realizar una entrevista,
le comentó al maestro que posiblemente llegaría un poco tarde para comer, y que para no esperarla, mejor se fuera al restaurante conmi- go, y allá nos alcanzaría ella. Por la mañana, cuando llegué a la oficina, él me dijo: -Te invito a comer. Lupita nos alcanzará en el restaurante. Está bien, maestro. Empezamos a trabajar y de repente me co-
mentó: -Hay que ampliar la viñeta, sí. Dame las escuadras. Al entregárselas me señaló: -¡Qué bárbara! Mira cómo tienes las armas de trabajo. No contesté nada, ya que estaban sucias de tinta y pegamento.
Seguí sus instrucciones y de repente me dijo: -Pon el dedo en esta esquina y no lo muevas. Por atrabancada me pasé por abajo del restirador, y preguntó: -Ahora a ti qué te pasa; te estoy diciendo que pongas el dedo en
la esquina y tú te pones a jugar. No maestro, estoy este lado para poder estar más cómoda ayu-
dándole. Se molestó tanto, que empezó a regañarme. -El trabajo no es un juego: al trabajo hay que respetarlo. ¡Qué
vas a entender tú, si eres la reina de los novios! ¡Ay si, Evodio, te quiero mucho. Seboruco, te amo! Pensé que estaba bromeando, y se me ocurrió decirle: ¡Ya
maestro, por favor respete el trabajo! Eso fue el acabose. -¡Ahora tú me dices a mí lo que tengo que hacer. ¿Qué te pasa:
llegas tarde, te pones a comer, estás platicando con tus amigos por la computadora, y ahora hablas de respeto? -me encaró furioso. Empezó a decirme cosas por el estilo. Entonces, ya molestos
los dos, me advirtió: -Si no quieres trabajar, te me vas, pero ahorita te me vas. Y fu-
rioso tronaba los dedos. Al ver que no era una broma, fui al baño, y él caminó atrás de mí, diciendo: -Vete, pensé que eras responsable, pero veo que todo lo llevas
a juego. Herida en mi dignidad, según yo, cogí mi bolsa y le dije: Me voy, eso me hubiera dicho cuando llegué, no en este mo-
mento. -Vete, no te necesito; peores me las he toreado y he salido
avante. Sólo te digo una cosa: espera a Lupita, no te vayas sin hablar con ella. Le señalé: ella no va a venir a su casa. Lo alcanzará en el res- taurante. Se quedó en silencio. Pero en ese momento volvió Lupita.
Guadalupe Appendini, Gabriel Vargas y la autora -Terminó pronto la entrevista, que bueno que todavía los encuen-
tro aquí, dijo ella. El maestro, en silencio, se levantó, caminó hasta donde yo esta-
ba. Me levanté como resorte, abrí la puerta y le dije: ya me voy. Pero él me detuvo, y tocándome el rostro, comentó: -Cómo que te vas. No tienes palabra. Enojada le respondí: usted me dijo que me fuera. -¡Ah, pero eso fue en el despacho! Como amigos, tú tienes un
compromiso conmigo para comer. Olvídate de lo que pasó, y vámo- nos, pero no te tardes en el baño, eh. Sonrió y me besó la mano. De esa calidad era el maestro Vargas, amigo, leal, pero, sobre
todo, un hombre cariñoso; un ser humano sin dobleces. Siempre me decía: -Nena, el amigo defiende al amigo, grábatelo. Trabajábamos juntos casi toda la mañana, y por la tarde era una
delicia compartir su mesa. Como buen gourmet, disfrutaba la comi- da y a los amigos; siempre estaba rodeado de ellos. Le encantaba recibir invitados en su casa. El disponía el menú. -Que haya varios platillos, por favor -le decía a Lupita-. No les
ofrezcas comida de pobre. Este espacio sería insuficiente para describir al hombre que fue
mi jefe, mi amigo incondicional, casi mi confesor. Cuando me rega- ñaba decía: -Por tu juventud no ves lo que yo. Tienes que forjarte un carácter
y no enojarte porque te corrijo; lo hago porque te quiero. Puedo afirmar haber sido la consentida de mi maestro, y no por
llevarle manzanas, sino por ganarme su cariño y respeto. Él, durante 17 años, fue mi guía; se portó como un padre. Su mirada era trans- parente. Siempre decía: -Pórtate bien conmigo, porque cuando esté con San Nabor te voy
a recomendar con él, diciéndole que eres cuatita. Tres días antes de su deceso, una vez más demostró su cariño
cuando al acariciarme la mejilla, con sus ojos me lo dijo todo. Tuve la suerte de trabajar como su asistente y convivir con un ser humano ex- cepcional. Adiós Gabriel Vargas, mi querido maestro Gabriel Vargas. Lo extrañaré siempre. Mis lágrimas no terminarán hasta volver-
nos a encontrar. G GENTESUR 17
FOTO .COLECCIÓN GABRIEL VARGAS /GENTESUR
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