que no tenía tiempo. “Para eso tengo que ir a México y a Pachuca.., no puedo”, era su argumento. Al fin, un día se decidió y como su po-
sición era desahogada, acordó operarse en nuestra propia casa. En un enorme cuarto al que mandó a pin-
tar todo de blanco, poco a poco se fue colo- cando el mobiliario quirúrgico que paulatina- mente fueron enviando desde México. Cierro los ojos, y como en un mal sue-
ño, distingo los diversos anaqueles con ins- trumental médico que fueron alineados en una esquina de la habitación. Habré tenido 3 años en esa época, pero siempre he sido de muy buen entendimiento. Decían que desde pequeño, yo tenía un sentido increíble de la retención. “Es una operación muy fácil, no corres
ningún riesgo”, le aseguraron los médicos. Por eso, la víspera, decidió organizar una fiesta a la que estarían invitados todos sus amigos. Esa misma noche, sentado en su sillón
favorito, como acostumbraba en el entor- no familiar, a mi hermano Angel y a mí nos tomó en sus brazos, y mientras galopábamos hasta cansarnos sobre los imaginarios y brio- sos corceles que eran sus piernas,
le pregun-
taba a mi madre sobre quiénes habían sido convocados al festejo. “¿Ya invitaste a fulano?”, le decía entre
tanto. “Ya”, respondía ella. “¿Y a zutano?”, volvía inmediatamente a cuestionarla. “Ya están todos”, exclamaba. “Que no
les falte nada. Quiero que todos se la pasen muy contentos”, manifestaba entonces con voz alegre. Creía que su operación era una broma,
algo que se acumularía en el anecdotario y que al paso del tiempo sería recordado so- lamente como motivo de comentario jocoso entre sus amigos. En privado, el carácter de mi padre era
muy alegre, risueño siempre, aunque afuera, ante los demás, aparentara una seriedad que imponía; serio, pero buena persona; un hom- bre también magnánimo que nunca fue mise- rable y ayudaba a la gente. Apenas amaneció, mi padre salió por el
médico de México y su colega de Tulancin- go, y juntos se trasladaron a la casa. Desde muy temprano ésta se llenó de invitados, a los que ofreció un desayuno pantagruélico. Mientras los grupos se organizaban y distri- buían por los corredores y las habitaciones, los niños correteábamos inquietos y bullicio- sos entre los pasillos y el enorme jardín. La casa era tan grande que los hijos pe-
queños teníamos nuestros propios caballitos y subibajas, mientras que los mayores dis-
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ponían de un espacio con barras paralelas y argollas para ejercitarse. Acompañados por los médicos y las en-
fermeras, al disponerse a entrar al “quirófa- no”, papá recibió el aplauso de sus amigos quienes ciertamente juzgaban la operación como un hecho sin importancia. Al paso, entre la algarabía y saludos de
todos, alcanzó a decirles: “Ahorita regreso con ustedes, pero antes
me voy a meter a la sala de la muerte”. La puerta de madera se cerró tras él y los
invitados continuaron en su parloteo. Sin embargo, apenas habían transcurri-
do unos pocos minutos, cuando la puerta se abrió de pronto, y una enfermera visiblemen- te angustiada acertó a gritar: “¡Se murió el señor Vargas! ¡Se acaba de
morir el señor Vargas!” Los gritos de la mujer causaron una
enorme agitación entre los presentes. Estu- pefactos se miraban unos y otros. Algunos consideraban que sólo era una broma pesada de mi padre. Sin embargo, otros sí lo tomaron en serio y la conmoción se apoderó del lugar. Recuerdo que corrí hasta el cuarto. Fui
el primero que llegó hasta la mesa de opera- ciones. Monté como pude los pequeños escalo-
nes y me sujeté firmemente a su cuerpo aún tibio. Su cabello mecido hacia atrás, enmar- caba un rostro sereno, apacible, el mismo de siempre. Parecía dormitar. Un algodón asomaba entre su boca y se perdía por la gar- ganta. Apenas estaban preparándolo cuando sobrevino su muerte. Ninguno de mis hermanos sabe lo que
yo vi. Les costó trabajo arrancarme de él.
Cuando salí y la gente se percató de la mag- nitud del hecho, todo mundo quiso entrar a cerciorarse. Mi hermano mayor, Francisco, que en-
tonces habrá tenido unos 19 años, horroriza- do por lo que había pasado, tomó una pistola y en un arranque de desesperación intentó matar a los médicos. Fue preciso la intervención de varios de
los invitados para hacerlo rodar por el suelo, desarmarlo, y evitar otra tragedia. Comentan los especialistas, médicos
amigos de nosotros, que en ese tiempo, cuan- do mi padre, de sólo 38 años se operó, usaban cloroformo y éter como anestesia. En conse- cuencia, no se tomaron las previsiones debi- das, no lo examinaron y eso contribuyó a su muerte. La incredulidad, el llanto y una profunda
congoja, fueron las convidadas imborrables durante su velorio. Toda la casa y las calles aledañas fueron insuficientes para contener a
tanta gente que acudió a darle el último adiós. Amigos y familiares, al igual que inte-
grantes de sociedades científicas, asociacio- nes católicas y escuelas de monjas, todas esas instituciones a las que papá siempre apoyó, se presentaron portando enormes ramos de flo- res, pancartas, y muchas palabras de aliento, que sin embargo, nunca más podrían hacer retroceder el tiempo, despertar de esa pesa- dilla, ni arrancarnos del alma esa inmensa tristeza, que fue nuestra compañera en la or- fandad, por el resto de nuestras vidas.
ADIÓS A TULANCINGO A la muerte de mi padre, mamá decidió
que nos trasladaríamos a la ciudad de Méxi- co. Pese a la oposición de nuestros parientes y amigos, comentaba que “como a mis hijos no los puedo mandar a educarse a Europa como era el deseo de mi marido, y mientras arre- glo la situación de la herencia, nos iremos a la capital”. Mi padre siempre le dijo “quiero que mis
hijos se vayan, uno a estudiar a Alemania, otro a Francia y otro a Estados Unidos y a su regreso me sorprendan con sus conocimien- tos. A ver quién de todos tiene más despejado el cerebro y estudie una carrera de la que me pueda sentir orgulloso”. El se lo repetía con mucha frecuencia,
pero cuando murió todo se quedó en un buen deseo. El único que sí logró viajar por todo el mundo, hasta que murió, fue mi hermano Marcos, representante de unos laboratorios alemanes. Viajaba tanto, que cuando llegaba de vuelta a casa, en México, mis hermanos y yo gritábamos: “ya llegó el señor”. Y mi mamá nos decía “no es el señor, es su her- mano”. Transcurrieron más de 2 años, y pese a la
férrea negativa de todos los parientes, empe- ñados en no dejarnos partir, en plena madru- gada, sin decirnos absolutamente nada y casi dormidos, mi madre nos sacó de la casa y nos acostó en una pequeña carreta de madera que mi padre había hecho construir para nosotros. Era un carro pequeño con llantas de ma-
dera, como una carroza, que inicialmente ti- raba un caballo. Sin embargo, un buen día, el animal acicateado por el cochero, respingó encabritado y alarmó a mi madre. “No quiero que vuelvan a subirse a ese
carro; va a ser trágico para mis hijos. El caba- llo no es de fiar y no les vaya a pasar algo”, sentenció. Pero bromista como era mi padre, y para desvanecer sus temores consiguió una burra, La Chapina, de grandes cascos y pa- tas chuecas, que desde entonces tiraba de la carreta. Y en ella, esa noche viajaban conmigo
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