mis hermanos Angel, Ramón y mis hermanas Imelda y Josefina. Mi madre y sus hijos mayores, Marcos, Francis- co, Ricardo, Alberto, Victoria y Berta, marchaban adelante de nosotros, en un Ford que mi padre había comprado. Durante el trayecto, a mis 5 años, per- cibí de pronto movimientos bruscos, muy raros que me despertaron. Al abrir los ojos, me enderecé y vi
2007 Marcelo Ebrard, jefe de Go-
que no estaba en mi cama. Por momen- tos creí que soñaba. “¿Dónde estoy?”, me preguntaba una y otra vez, hasta que, a través de las rendijas, pude ob- servar las ruedas del coche y a distan- cia, perdida en la oscuridad, las luces del hogar que abandonábamos de ma- nera furtiva. “Mamá, ¿dónde estás?”, comencé a gritar desesperado. En mi angustia
bierno del Distrito Federal lo nombra Ciudadano Distingui- do. Se inaugura la muestra
De San Garabato al Callejón del Cuajo, en el Museo del Estanquillo de la Ciudad de México
buscaba su consuelo. Muy pronto el coro de las voces de mis demás hermanos, alertados por mis gritos, se unió a mi llamado. “Duérmanse niños, ya duérmanse. Su
mamá va allá adelante”, nos respondía la voz grave de uno de los trabajadores de la casa, involucrado en nuestra huida. “¡Mamá! ¡Mamá!”, gritábamos todos sin tomar en cuenta su intento tranquilizador. En la madrugada, al llegar a la es-
tación de ferrocarril de Tulancingo, nos sacó a todos y en perfecto orden nos acomodaron, cubiertos por gruesas fra- zadas, en una serie de bancas. Desde allí, observamos la llegada de otros viajeros y vendedores de café, enchiladas, tama- les y quién sabe que tantas cosas más. Poco a poco el lugar se fue trans-
formando y el olor a comida caliente nos despertó el apetito. No obstan- te, mi madre permanecía impasible a nuestros ruegos, sumida en sus pen- samientos que sólo fueron ahuyenta- dos por nuestras incesantes súplicas de comprarnos algo de lo que aquella gente ofrecía. Al fin accedió y un ja- rrito de humeante café fue motivo de
fiesta para todos. En horas que se me hicieron intermina-
2008
Recibe el tí- tulo de Doc- tor Honoris Causa que le otorga la Universidad Autónoma de Hidalgo
bles, un agudo silbido y una densa nube de vapor, anunció el arribo del tren en medio de un tremor que sacudió la fría estación de Tulancingo y, al mismo tiempo, volvió a estimular nuestra curiosidad infantil. Con mis hermanos, observábamos la escena re- gocijados y ajenos al rumbo que desde ese momento tomaría nuestra existencia. No sabía hacia dónde nos dirigíamos,
pero el viaje en ferrocarril se me hacía un sueño. Sólo mis hermanos mayores y mi madre conocían nuestro destino final y por
Hasta siempre Maestro
Gabriel Vargas
ello sus rostros apesadumbrados. “¿Vamos de paseo?”, le pregunté mu-
chas veces. Ella, absorta, como hablando consigo misma, sólo respondía “mejor duérmanse”. Pero no quisimos dormirnos. Una vez en el tren, a través de las ven-
tanillas crecía mi curiosidad y emoción al observar el raudo paso de los árboles al movimiento del convoy. Intentaba sacar la cabeza, pero me lo impedían mis hermanos mayores que platicaban en voz baja y con actitud de entereza se brindaban mutuo con- suelo. Y así llegamos a la ciudad de México.
Una persona cercana a la familia nos ayu- dó a conseguir una casa muy amplia en el centro, en la calle de Moneda 50, si mal no recuerdo, a un costado de Palacio Nacional. Era el año de 1920. La casa tenía unas piezas enormes,
porque mi madre peleaba porque sus casas siempre tuvieran techos muy altos para col- gar sus cortinas. La de Tulancingo poseía enormes cortinajes y gruesos tapetes. Poco tiempo después, mi madre recibió en Méxi- co sus cortinas y alfombras. Le gustaba vivir con libertad, sin estre-
checes; los pasillos eran tan largos que al- gunas veces patinábamos sobre ellos. En ese lugar permanecimos 2 años.
Después, como ella luchaba porque ingre- sáramos a una escuela ubicada en la calle de Guatemala 71, nos cambiamos a otra casa, en Jesús María, que estaba más cerca del colegio, donde vivimos con cierta holgura, pero no exentos de penurias económicas, sobre todo porque los encargados de aten- der el negocio familiar en Tulancingo abu- saron de su generosidad. Fue necesario entablar un litigio que
llevó más de 16 años y al final ella perdió casi todo. En tanto, para sobrellevar el peso del hogar, tuvo que buscar un empleo. A todos nos dolió que mi madre trabajara. Ingresó como obrera a unos laboratorios medicinales y al año fue designada jefa de máquinas. Ella debió poseer algo muy especial; un
agudo sentido de la observación. Fue el úni- co trabajo que tuvo. Un día le pregunté seriamente: “¿Ma-
macita, el día en que yo gane un peso, tú dejarías de trabajar?” “Sí, hijo. Lo haría, porque las madres
estamos para cuidar a nuestros hijos y por mucho que necesite el dinero, necesito más del cariño de ustedes”, respondió. Por eso, cuando gané mi primer moneda, ella renun- ció a su empleo.
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