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propia, las comidas en restaurantes se cir- cunscribieron exclusivamente a su domicilio particular. Para sus desplazamientos -desde el estudio contiguo, donde trabajaba todos los días, hasta el comedor-, aún contra su volun- tad, comenzó a utilizar una silla de ruedas. Formaban ya parte sustancial de ese


grupo de familiares y amigos, el destacado maestro publicista Ángel Vargas, su hermano menor; Graciela Vargas Ortíz, su hija -acom- pañada por su esposo, el médico Federico Serrano; Yolanda Monina Palafox y Lupita López. También se contaba regularmente con la presencia de Gustavo Bernal Sahagún y su esposa Martha; Ernesto Juárez y Rafael de la Huerta. En muchas ocasiones convivieron José Luis Diego Trizas, y otros integrantes de ambas familias: hermanos, sobrinos y nietos o viejos y nuevos amigos de Aguascalientes, Hidalgo o la ciudad de México. Portentosamente, a la manera bíblica,


en su casa, los alimentos de su mesa parecía multiplicarse para atender siempre a un im- previsto comensal. La sazón de Lupita Appendini, auxiliada


en la cocina por Modesta Santana, siempre fue un acontecimiento culinario reconocido por todos sus invitados, pese a los comenta- rios guasones del maestro, en el sentido de que “disculpen que hoy les hayamos prepa- rado una comida de albañil; de pobres”. Ello, a pesar que en la víspera, prácticamente era él mismo quien diseñaba el menú, a veces, producto de algún antojo surgido a mitad del sueño. Y sus instrucciones o deseos, eran cum-


plidos holgadamente por su esposa, quien prácticamente le reinventaba una carta para cada día, aunque tenía predilección por la sopa de ajo, algunas pastas italianas, pero fundamentalmente por los huevos estrella- dos, montados sobre frijoles refritos, prepara- dos con mucha cebolla cortada en pequeños trozos, y aderezados con ajo y chile guajillo. Los cotidianos encuentros siempre fue-


ron precedidos por una sobremesa en la que los temas de actualidad eran desmenuzados de manera formal o puntillosa, según el co- nocimiento, humor y afinidad política de los convidados. Gabriel ocupaba invariablemente la silla


principal en la antesala. Siempre correcta e impecablemente vestido, se mantenía por lar- gos minutos a la expectativa, casi en silencio, un tanto serio, con aparente ausencia -“por- que ya estoy muy mal, casi no oigo”-, para saltar de pronto al ruedo e integrarse con toda su picardía y buen humor a la tertulia. A pesar de su formalidad que a muchos


imponía, en confianza menudeaban sus bro- mas. Algunas, en torno a mi persona:


26 GENTESUR


-Cuando se muera Carbot, para que


quepa en el cajón, voy a pedir que le hagan un par de hoyos y pueda sacar las patas por ahí, porque está muy largo... Ya próxima la hora de la comida, sus


incesantes consultas a Modesta, la cocinera, eran parte de la escena cotidiana. -¿Ya, señora? ¿A qué horas? ¿Ya estárá


lista la comida? Y pese a sus insistentes apremios, como


ocurrencia, sólo hasta que Lupita daba el vis- to bueno al guiso, era el momento de pasar a la mesa. -Ya mi viejito, ahora sí, vamos a sentar-


nos -decía ella. -¡Vieja el último! -gritaba entonces el


maestro. Se desataba la algarabía como en el recreo. Era la frase acostumbrada del jefe Gabriel.


HASTA QUE ME MUERA Cuando inicié el proceso de las entre-


vistas en torno a su biografía, aceptó caba- llerosamente la idea. Pero para desanimar- me, esgrimía: -Para qué vas a escribir mi vida. Yo soy


un viejo; no soy importante; no tiene caso. Ya soy un redrojo. Mi vida no tiene nada de interesante... Sin embargo, cuando me relataba su


historia, los hechos más significativos de su existencia, lo hacía de tal forma que revivía los episodios como si éstos hubiesen ocurri- do apenas ayer -con la memoria fotográfica y lucidez que lo acompañó hasta sus últi- mos días-. Fechas y nombres eran extraídos de su cerebro con velocidad pasmosa. En muy pocas ocasiones precisó del auxilio de


su asistente, para ubicar personajes o situa- ciones. -¿Verdad chata; esto ocurrió así ¿no? -Sí maestro, pero platíquele también


aquella anécdota de... -le respondía risueña y avispada Lupita López. Más bien, cuando con su esposa pun-


tualizábamos algún pasaje de su vida, pa- radójicamente era a él mismo a quien recu- rríamos para salir de dudas de inmediato. En compañía de su hermano Ángel,


tuvo oportunidad de escuchar -en lectura en voz alta-, varios de los capítulos de su biografía. Y cuando llegábamos hasta algún pasaje muy personal, mientras recordaban lo vivido al lado de sus padres, algunas ve- ces, sus ojos se empañaban. A mediados del 2004, le dije: maestro,


creo que ya está listo el 80 por ciento del libro, y podríamos sacarlo este mismo año. -No mano, para qué ahorita. Publíca-


la, pero hasta cuando haya clavado el pico. Por favor Carbot, hasta que ya haya muer- to.


-Pero maestro... -Sí, mano, para qué ahorita, luego.


Dame tu palabra. -Está bien, pero quisiera que usted estu-


viera presente ese día. Sería un gran honor... -Hasta que me muera... -De acuerdo, pero le advierto que cuan-


do eso ocurra, no va a tener oportunidad de defenderse. Pensándolo bien, mejor escribi- ré un libro, que será más exitoso y se llama- rá Lo que no dije de Gabriel Vargas. Y el maestro, regocijado, movía la ca-


beza hacia uno y otro lado. -Ya ni la amuelas, seguramente que será mejor -respondía divertido.


SU BIOGRAFÍA ADIÓS A TULANCINGO


si alcanzo a percibir su imponente figura de recio jinete, hombre serrano, al que nada intimida y nadie detiene. Y lo recuerdo como si hubiera sido ayer. Mi madre, muchos años más tarde en México, se encargaría de afirmar que yo tenía algo


B


especial, “porque creo que desde mí vientre, donde apenas crecías, tú ya tenías uso de razón”, me dijo. Y puede que sea cierto, porque yo platico todavía muchas cosas de las que ni siquiera mis hermanos se acuerdan. En 1909, poco antes de fallecer, mi abuelo Francisco Vargas, originario de Sevilla -casado


con la médico homeópata potosina, Concepción Vargas-, y quien se encargaba de comerciar con las poblaciones de las 3 huastecas, decidió que Víctor, mi padre, muy joven aún, se que-


eso la mejilla de mi padre en señal de amorosa despedida, a través del vidrio del enorme ventanal de nuestra casa en Tulancingo, donde nací. Los brazos de Josefina, mi madre, me acercan hasta él, y en la lluviosa penumbra mientras se aleja, diciéndonos adiós entre la fugaz intensidad de los relámpagos, apenas


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