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UN HOMBRE PRISIONERO DE SU PROPIO CUERPO


“Gabriel se me fue consumiendo lenta-


mente, como una vela. Pese a su oposición había que ayudarlo, bañarlo, rasurarlo y ves- tirlo, porque quería mantener su aspecto ha- bitual, la que siempre mostró dentro y fuera de la casa”, asegura en la intimidad de su ho- gar, su esposa Lupita, quien sigue recibiendo contínuas llamadas de familiares, amigos y compañeros por la muerte de su esposo. Acompañada por su sobrina Catalina


ADORACIÓN. Un mensaje donde reafirmaba el amor por su esposa


Por varios años, de manera regular,


recibió la visita de su médico de cabecera, el cardiólogo Eduardo Meaney. No obstante, en los últimos 4 meses,


cada 15 días, comenzó a ser asistido por el geriatra e internista, Álvaro Sáenz de Miera, quien para animarlo, lo conmina- ba a realizar pequeñas caminatas, cortos desplazamientos que el maestro -aunque aparentemente a disgusto-, llevaba a cabo en el pasillo, algunas ocasiones sin ayuda, como lo hizo pocas semanas antes de fa- llecer. A principios de mayo, el organismo de


Gabriel Vargas resintió una leve infección renal, que superó a los pocos días, sin ma- yores consecuencias.


Sin embargo, estaba muy consciente


que su deterioro físico, luego de 95 años de existencia, era irreversible. Y en este proceso, su firme carácter,


su autosuficiencia, muchas veces se con- virtió en un obstáculo para recibir ayuda -aún ya imposibilitado físicamente-, para realizar las más elementales funciones fi- siológicas, por parte de su hija Graciela o las enfermeras que lo antendieron los últi- mos meses de su vida. Y de ello había dado prueba tangible


en abril de 1980, cuando a pesar de haber enfrentado un infarto cerebral, en cuanto logró recuperar algunos movimientos, casi a rastras, para salvaguardar su integridad, pudo dirigirse al baño de su habitación.


Ortega Appendini Catita -como le llaman fa- miliarmente-, rememora las últimas horas del desaparecido historietista. “Gracias a Dios, a Gabriel nunca le faltó


nada, ni antes ni en sus últimos días de vida. Siempre de manera solidaria y amorosa, lo apoyé en todo. Nunca le faltaron médicos ni medicinas o enfermeras, y menos amor”, señala. Hasta sólo unas cuantas horas antes de


morir, aunque muy débil, el maestro mantuvo la conciencia. Relata Lupita: “Sabedor tal vez de que su final estaba


próximo, solicitó la presencia de su hijo Ga- briel Vargas Ortíz, a quien había dejado de frecuentar por casi una década. Lo abrazó y platicó algunos minutos con él. En la casa, también presentes, su hija Graciela y su de- vota asistente Guadalupe López. El lunes, la víspera de su fallecimiento,


habló muy poco. Se mantuvo somnolien- to. Alimentado directamente en la boca, de cuando en cuando sorbía algunos pequeños tragos de líquidos. Se requirió entonces la presencia de un sacerdote, quien la tarde ese mismo día le aplicó los santos óleos, ante lo inevitable. “Me acurruqué a su lado y me tomó de la


mano. Sus palabras fueron un postrero men- saje de amor: -Lupita, cuídate mucho. Me has hecho


muy feliz; gracias por todo. Te quiero mucho. El maestro se mantuvo luego en silencio,


con los ojos entrecerrados y comenzó su in- cesante letargo. A las 7:31, el corazón de Gabriel Vargas


se detuvo para siempre. El dictamen médico atribuyó la causa de su fallecimiento a fibrila- ción ventricular, tal vez un simple tecnicismo para señalar que la edad lo doblegó y su cuer- po, ya frágil y extenuado, había pagado la factura por mantener vigente, hasta el último segundo de su existencia, a una de las mentes más creativas de México. La mejor definición la escucho de labios


EXEQUIAS. Rafael de la Huerta y Gustavo Bernal, amigos entrañables del maestro, mon- taron la primera guardia, frente a su ataúd. Luego, el cuerpo sería cremado y sus cenizas, depositadas en un nicho familiar de la Catedral Metropolitana


40 GENTESUR


de su sobrina Catita: -Gabriel fue un hombre prisionero de


su propio cuerpo. G


FOTO .AGENCIA CUARTOSCURO/GENTESUR


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