Después de eso, se fue a Estados Unidos,
donde se hizo profesional y comenzó a trabajar en un espectáculo acuático, en el que le pagaban 600 dólares a la semana. “¡Qué bárbaro, ni a Ricardo Montalbán le
daban eso!”, señalaba bromista. Allí estuvo du- rante 8 años, como clavadista, hasta que se per- foró un tímpano en 1964 y ya no pudo continuar.
LA LANA, LA DAMA Y LA FAMA Al igual que les ha sucedido a tantos otros
brillantes deportistas, la fama, la vanidad, el dinero y el alcohol, llevaron a Capilla a perder todo lo que había obtenido. En 1957 se divorció de Elvira Castillo, a menos de un año de haberse casado, y de la cima, cayó hasta el fondo. Por su forma de beber se convirtió años
después en personaje de nota roja en los me- dios informativos. Accidentes y riñas fueron el pan cotidiano del consumado atleta, quien vivió profundos períodos de depresión que lo llevaron incluso a pensar en la muerte”, según decía. “Conviví con teporochos; casi un año pasé
sin bañarme ni rasurarme e incluso estuve a pun- to de arrojarme al paso del Metro en la estación Juanacatlán”, cuenta. “La lana, la dama y la fama, pierden a los
hombres. La popularidad es un arma de dos filos: todo mundo lo conoce a uno, pero uno no cono-
ce a nadie. Esa es la soledad en que yo estaba y la cual me llevó a perder matrimonio, hija, casa, dignidad, todo, hasta que a finales de los años 70 apareció Carmelita Zavala, mi actual esposa, quien me empezó a dar consuelo y cariño”. Joaquín Capilla nació el 23 de diciembre
de 1928 en la Ciudad de México en el seno de una familia de clase media de la colonia Santa María la Ribera. Sus padres fueron el médico Alberto Capilla y Carmina Pérez. Fue el segun- do de 5 hermanos: Alberto, Antonio, Ricardo y Carlos. Originalmente, sus inicios en el deporte fue-
ron en la natación y como ésta le resultaba abu- rrida, según confiesa, en el deportivo Chapulte- pec se echaba sus clavados desde el trampolín o la plataforma. Durante sus prácticas y sin que se diera
cuenta, era observado por Mario Tovar, su des- cubridor, un experimentado maestro de clavadis- tas, quien después de una breve conversación, se ofreció a enseñarle la técnica de los clavados. “Mario fue como mi segundo padre, ase-
guraba, fue una relación muy bonita, de cariño, admiración y lazos firmes” Tovar no se equivocó en su buen ojo para re-
conocer las facultades de Capilla, quien a los 15 años, fue convocado para participar en los Juegos Centroamericanos, aunque señala que no lo que- rían llevar “porque estaba muy joven”, pero gra-
HOMBRE AMOROSO. Hasta su muerte, cuidó con amor y dedicación a su esposa Carmelita, con problemas para desplazarse. Diariamente la atendía con esmero. Aquí, peina sus cabellos
Un merecidísimo galardón antes de partir E
l último lauro que recibió, el Premio Nacional del Deporte 2009, lo recibió Joaquín Capilla,
pocos meses antes de su muerte. “Nunca me imaginé que después de 53
años, fueran a concedérmelo, y lo más bonito, es que es en vida, porque según sus estatutos, no puede otorgarse después de muerto. Les agra- dezco junto con mi esposa que se hayan fijado en mí”, afirmaba. ¿El obtener el Premio Nacional del De-
porte es un honor similar al ganar una me- dalla olímpica? “Son emociones diferentes, las medallas
ganadas son triunfos personales. En cambio, el Premio Nacional es un triunfo de México, porque es la gente la que demuestra el ca- riño a quien obtiene este reconocimiento, además de que es un motivador para los deportistas que vienen atrás. Gra- cias a Dios, comparto este premio con Paola Espinosa y Cuauhtémoc Blanco”. El veterano clavadista fue
propuesto por el ex luchador y también medallista olímpico, Daniel Aceves, presi-
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dente de la Asociación de Olímpicos Mexicanos (AOM) y respaldado por Bernardo de la Garza y Felipe El Tibio Muñoz, como reconocimiento a su trayectoria, pese a la oposición de Alonso Pérez González, presidente de la Codeme, quien de- claró que Capilla era “un borracho y un adicto” y no merecía el galardón. “Yo empecé a creer en Dios cuando tuve
la necesidad de él, porque vivía en una soledad tremenda; vivir sin que nadie te quiera es po- sible, pero vivir sin querer es una soledad más atroz que lleva al suicidio. “No quería a nadie, estaba solo, fui aban-
donado, me salí de mi casa, perdí a mi esposa, mi hija, mis amistades. Un día me fui al Metro a suicidarme. Me paré justo en donde sale el tren, para que no tuviera tiempo de detenerse; pero cuando me iba a lanzar escuché una voz que me dijo: ¿y si te mueres, ¿a dónde te vas?. Eso me hizo meditar. Era Dios que me estaba hablando y me salvó del chamuco”. El ex clavadista, le vivía eternamente agra-
decido a su esposa Carmelita Zavala, ya que ella jugó un papel fundamental en su recupera- ción, pues le reconocía que era “la única que me ha querido por lo que soy y no por lo que fui”.
© Fotos: Andrea Aline Ocampo-Carbot/Gentesur
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