propuesta. “Me comentó que lo haríamos, en espera de qué pasaría después y le pedí que me consiguiera una Biblia para compenetrar- me en el tema y estudiar los vestuarios. Él me llevó 4 ejemplares enormes: uno italiano, otro español, otro estadounidense y otro impreso en México. “Llegué a mi casa con el montón de Bi-
blias y le dije a Josefina, mi madre: Fíjate mamá que siempre sí voy a hacer la vida de Cristo”, señalaba. Por la noche, se puso a estudiar los libros
y se dio cuenta de que, como le había adverti- do su madre, casi no los entendía, “porque los pasajes de La Biblia están escritos en forma tal, que casi están hechos para eruditos, no para la gente que apenas sabe leer”. Al día siguiente llegó a la oficina de He-
rrerías, de vuelta con los ejemplares. “Señor, siempre no voy a hacer nada,
pues resulta que los mensajes de La Biblia están escritos en forma tal que escasamente los interpreto. No puedo hacerlo -le comentó. -¿Cómo que no vas a hacer nada? ¡Ah
que caray, hombre! No me importa el gasto que hicimos sino que ya me habías ilusiona- do con la vida de Cristo, le respondió. Solamente que la haga yo a mi manera.
Tengo un librito chiquito que se llama La vida de Cristo y viene escrito muy simplemente y de ahí puedo sacarlo para hacer la historieta. -Bueno llévate las Biblias para ver los
trajes y con tu libro hazle los textos, me sugi- rió. Y así la hice, grandota”. Gabriel Vargas relataba que cuando le mostró su trabajo, él le dio el visto bueno.
“De ese modo ilustré la vida de Jesús a mi manera e hice los diálogos de tal modo, que los pudiera entender hasta un loco o un idiota. “Le gustó tanto al señor Herrerías y re-
cibió tantas cartas favorables de los lectores, que se publicaba todos los jueves no en una, sino a doble plana”. Con orgullo y nostalgia, el maestro me
mostró entonces la hoja del periódico que conservaba con ese proyecto. “Es el único ejemplar que guardo de todo ese mundo que hice.
“El éxito fue tan increíble que don Igna-
cio me preguntaba: -¿Cuánto te pagué la semana pasada?
50 pesos”, era mi respuesta. En esa época era una suma respetable. -Pues la próxima semana cobras 75. Eso es mucho dinero. -Pues no le hace, tú tienes un éxito arro-
llador y no me importa”, me decía. Y así fue semana tras semana. Con él gané lo que no he ganado con nadie, de tal modo que me llegó a pagar hasta mil 100 pesos por página, que era un dineral”. Ganaba más que un director de perió-
dico en ese momento... -Sí, como no. Yo lo comprobé. En Excél-
sior -cuando yo era un chamaco y donde tra- bajé de aprendiz de dibujante, mensajero, re- portero y hasta de archivista-, algunas veces le cobré el sueldo a don Gonzalo Herrerías, tío de don Ignacio, a don Manuel Becerra Acosta y a don Rodrigo de Llano. Sus suel-
L
a imagen más sobresaliente que ten- go de don Gabriel Vargas, es la de
un hombre sencillo, alejado de bana- lidades y engaños, con gran persona- lidad y férreo carácter, al que siempre guardaré eterna admiración y respeto. Con su agudeza crítica, fino humor y
picardía admirable, decía cosas y parecía no decirlas; destilaba pura esencia, pues cada frase contenía un chiste encerrado en ella.
Difícilmente se reía, cualidad inaprecia-
ble en un humorista. Más que un sociólogo, el maestro Vargas, fue un testigo ingenioso de la realidad cotidiana. La jornada laboral empezaba a las
11 horas. Los cartones tapizaban el resti- rador, comenzaba interrogándome: -¿Qué viste en la televisión? ¿Qué
dicen los periódicos?, Cuéntame en qué transporte llegaste y qué platican las per- sonas Su mirada era tierna, y su mano iz-
quierda siempre palmeaba mi hombro. ¿De qué va a tratar la historieta
maestro? -le preguntaba. -De lo que quieras. Escoge tú el per-
sonaje, pero ya deja descansar a Satán Carroña; cada semana me das un número de él. Por favor, ya y apúrate, no te hagas la payasa. Deja al novio por un momento. Por San Nabor te lo pido. ¿Si? -Ring ring. Permítame maestro; suena
el teléfono y voy a contestarlo. -¡Ya estuvo que no acabamos!- repli-
caba. Sentado, a unos cuantos pasos, con
los dedos abiertos, simulando unas tije- ras, me decía: -Córtalos córtalos. Señorita, señorita,
por favor, su jefe quiere trabajar. Voy maestro. -Ponte atenta que te voy a empezar a
dictar, lista. Sí. -Entonces, en la imagen, Regino va
caminando por la calle con doña Borola. Habla Borola. ¿Habla Borola?, espéreme tantito. -¿Qué, todavía no escribes?, pon más
atención. -Habla Borola: Regino, ¿cómo vienes
de carácter? ¿Yo maestro, cómo vengo de carác-
ter? -¡No, no. tú no! es Borola. Es ella la
que está hablando. Y él comenzaba a burlarse de mí e
ACREDITACIÓN DE PRENSA. La cre- dencial de prensa que a los 23 años lo acreditaba como redactor en Novedades
16 GENTESUR
imitaba entonces el rebuzno de un burro. Molesta yo le contestaba: Ya va a usted a empezar... -Pues tú, que no pones atención.
FOTO .COLECCIÓN GABRIEL VARGAS /GENTESUR
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