Casualmente, la puerta del ascensor se
abrió en ese piso y descendió Gabriel Vargas, quien extrañado por verlos todavía trabajan- do tan noche, les preguntó el motivo. Al ente- rarse, que el vehículo de Appendini se había destinado esos días a solucionar emergencias de logística, y que por tal motivo estaba utili- zando un servicio de taxi para irse a su casa, caballerosamente se ofreció a transportarlos. Cuando llegó el día de la comida, en el
restaurante Le Crillon, de la Ciudad de Méxi- co, les tocó sentarse en la misma mesa. Ese en- cuentro les permitió conocerse un poco más. Lupita comenta que con el trato más co-
tidiano, ella llegó a tenerle mucha confianza a don Gabriel, a quien le hacía confidencias acerca de Humberto Horcasitas, el novio que
tenía en ese entonces e incluso le leía en voz alta las cartas que éste le enviaba desde Chi- huahua. “En otra ocasión, Gabriel me habló para
invitarme a comer al restaurante Paseo. Lle- gué temprano y contra su costumbre, él arribó minutos después, acompañado de una mujer muy glamorosa, tocada con un turbante que llamaba la atención y francamente paraba el tráfico en Reforma. Se trataba de Teresa Castañeda, la directora de Paquita, la famosa revista femenina que editó la cadena García Valseca de 1939 a 1964”, dice. Appendini recuerda que comían juntos
de manera esporádica y casi siempre circun- dados por varias compañeras de trabajo y al- gunas amigas. “A Gabriel le gustaba mucho
Hasta siempre Maestro
Gabriel Vargas
platicar y escucharnos porque eso le daba muchas ideas”. Pero un día, una amiga suspicaz le co-
mentó: -A mí se me hace que le gustas al señor
Vargas. Ante el comentario y para evitar cualquier malentendido debido a que esta- ba casado, no volvió a aceptar comer con él, y así transcurrieron muchos años. El 19 de febrero de 1975, cuando ella
ya se había convertido en periodista en Ex- célsior, se enteró del fallecimiento de Gra- ciela Ortiz Prado, esposa de Gabriel Var- gas. Compartiendo su aflicción, le llamó solamente para darle el pésame y hacerlo extensivo a sus hijos Gabriel y Graciela Empero, a instancias del famoso dibu-
jante, los contactos telefónicos se hicieron frecuentes y la amistad se afianzó, hasta que meses después, sin mediar noviazgo previo, le pidió que se casara con él. Ella se negó, con el argumento de él
había enviudado recientemente, pero no obstante, Vargas le propuso que siguieran tratándose. Así lo hicieron y en diciembre la sorprendió, al entregarle un anillo de compromiso que al cabo de muchas peti- ciones, ella aceptó. La condición de Lupita fue que se ca-
saran en la misma fecha en que se desposa- ron sus padres, el 25 de mayo. La sencilla ceremonia religiosa tuvo lugar en la iglesia del Santísimo Redentor en 1976. De ese día, transcurrieron 34 años en
los que su matrimonio se hizo cada vez más sólido y se convirtieron cada uno en la ra- zón del otro. Juntos afrontaron la grave embolia que
sufrió el maestro, el 15 de abril de 1980, justo a los 4 años de casados y que gracias a su enorme fuerza de voluntad, Gabriel Var- gas pudo superar, aunque no totalmente. “Gabriel siempre tuvo una gran entere-
za -afirma Lupita-. Después de la embolia y para rehabilitarse, él acostumbraba cami- nar todos los días -ida y vuelta- desde su domicilio en Plaza Carlos Finlay, hasta la Catedral metropolitana, donde en sus ban- cas descansaba un rato y emprendía luego el regreso. “Gracias a su férrea voluntad y disci-
plina, consiguió volver a dibujar aunque con grandes esfuerzos, y hasta el último día de su vida conservó su lucidez. Como coincidencia, su corazón se detuvo justa- mente el día de nuestro aniversario de bo- das, el 25 de mayo”, comenta, visiblemen- te apesadumbrada.
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