GABRIEL VARGAS Y LUPITA APPENDINI UNA SINGULAR HISTORIA DE AMOR
AL PASO DEL TIEMPO, LUEGO DE 34 AÑOS DE MATRIMONIO, SU UNIÓN SE FORTALECIÓ Y SE CONVIRTIERON CADA UNO EN LA RAZÓN DEL OTRO
interpretaba con su acordeón el célebre tan- go gardeliano El día que me quieras, con su peculiar ribete nostálgico, derrochando año- ranza y romance. Animado por la canción, Gabriel Vargas se atrevió a musitarle a su acompañante, la periodista Lupita Appendini: -El día que me quieras, seré el más feliz
U
del mundo. Así lo reseña ella misma cuando todavía
lleva en la piel, desde hace una cuantas horas, el luto por la pérdida del compañero que estu- vo a su lado -en las buenas y en las peores- a lo largo de 34 años. Se habían conocido años atrás, en 1951,
cuando ella era una joven de 19 años y ambos trabajaban en la Cadena García Valseca, an- tecesora de la Organización Editorial Mexi- cana.
Al recordar cómo se gestó su amistad,
Lupita emite un largo suspiro y sus ojos cla- ros cambian un momento la tristeza por la ter- nura de la evocación, y refiere que un día, su paisano de Aguascalientes, el abogado Igna- cio Lomelí Jáuregui, subdirector general de la Cadena, le pidió ir a la oficina de Varguitas -como se le conocía familiarmente a don Ga- briel-, para que el departamento a su cargo ro- tulara las invitaciones a la comida por el Día de la Libertad de Prensa, que a iniciativa el coronel José García Valseca, se iba a celebrar por primera vez, en tiempos del presidente Miguel Alemán. Cuenta Lupita que “yo no conocía per-
sonalmente al famoso Varguitas”, pero sin dilación cumplió el encargo. Gabriel se encontraba trabajando frente
a su restirador y al verla se levantó de inme- diato, ciñéndose el cinturón, el cual por estar demasiado tiempo sentado, solía aflojarse . Después de intercambiar saludos, le
transmitió la petición, a la que don Gabriel accedió de inmediato. “Ante la proximidad del evento, en mi
oficina trabajábamos hasta altas horas de la noche, para organizar la comida de prensa.
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na noche de julio de 1975, en un restaurante al sur de la ciudad, cerca de Liverpool Insurgentes, bajo una tenue luz, un hombre
Había que tenerlo todo a punto. No sólo se trataba de hacer las invitaciones, sino rotu- larlas, repartirlas y aún asignar los lugares”, recuerda. Refiere que esa misma semana, como a
las 12 de la noche todos se encontraban tra- bajando en su oficina, que se ubicaba frente al elevador. Ella -a pesar de su juventud-, por su cargo disponía de chofer, secretaria, asistente y una camioneta-.
FOTO .COLECCIÓN GABRIEL VARGAS /GENTESUR
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