dara al frente de los negocios familiares. Po- seía un ejército de mulas que salían cargadas hacia la sierra con todo tipo de utensilios y víveres. Transportaban zapatos, cobijas, útiles
para el hogar, sombreros, arreos, pescados, latas y hasta vino. Todo lo que hoy podría encontrarse fácilmente en un moderno super- mercado. En la casa de Tulancingo, en la avenida
21 de marzo, de enormes y macizas vigas y amplios jardines, desde temprano podía ver- se una veintena de zapateros -trabajando ar- duamente en el calzado que mi padre luego vendía en la sierra-, y también a musculosos hombres con grandes mandiles albos, encar- gados de destazar gigantescos pescados a los que untaban sus entrañas con sal de grano y luego metían en enormes cajas que se amon- tonaban hasta el techo. En otro salón, repleto de aparatos extraños, se elaboraban sombre- ros de palma. También se hacían sombreros “de ciudad”. El lugar tenía un olor muy espe- cial por la resina que se utilizaba. El fieltro lo compraban en México y lle-
gaba en descomunales rollos. Ahí en mi casa, siempre del brazo de mi madre, recorría estos grandes salones, donde todo se confecciona- ba, con la curiosidad propia de un niño. Cuando falleció el abuelo Francisco, de
buenas a primeras mi padre se enfrentó a un mundo que, aunque no le era desconocido, de un solo tajo le absorbió la mayor parte de su vida y lo convirtió en el eje principal de su familia. Para cumplir con sus obligaciones se
adelantaba al ejército de arrieros al mando de Amador Ayala, un tipo enérgico, curtido por el sol, y de todas sus confianzas. El, con mano férrea era responsable de la suerte de sus hombres y la de 80 o 90 animales carga- dos hasta el límite de su resistencia, con los pedidos que mi padre recogía en los poblados transitados. Lo escoltaban comúnmente 2 o 3 traba-
jadores que siempre iban armados, porque en aquellos años, al igual que hoy, los asaltos en los caminos eran cosa habitual. De sus viajes a la sierra, que duraban
varias semanas, frecuentemente regresaba enfermo. “Te vas bien y mira cómo vuelves” decía
mi madre, porque él se quejaba de un terrible dolor en la garganta. “Me siento muy mal; ya me explicó el
doctor que si sigo así tendrán que operarme”, comentaba. Y ella le respondía “pues tienes que atenderte, y si ya te dijeron que no hay más remedio que la operación, pues debes hacerlo”. Pero mi padre rehusaba, porque decía
EN FAMILIA. En la imagen superior, el maestro en compañía de su hija Graciela y su esposo Federico Serrano; su hermano Ángel Vargas, Alberto Carbot y Lupita Appendini. Abajo, con Borola Tacuche de Burrón, uno de los personajes más significativos de su prolífica obra
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FOTOS .ALBERTO CARBOT /GENTESUR
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