invisible
E
Del buen mirar
n Caracas no hay nada mejor para mirar que Se ha de mirar a la dama acompañada con la discreción
la gente. Más cuando su único monumen- debida al caballero que la acompaña. Así, el hombre
to, El Ávila, aparece encapotado bajo la llu- antes que ofendido, se sentirá halagado de comprobar
via como ha pasado por estos días. Reduci- que va tan bien acompañado.
da la ciudad a ras de suelo, a la perspectiva limitada por Salta a la vista que las mujeres de Caracas visten
los paraguas, lo mejor que se ofrece a la vista son los otros. sobre todo para ser miradas. No más. Esto hay que
Caracas no es ciudad de perfil imponente, de edi- tenerlo muy en cuenta. Quien piense que una mucha-
ficios que invitan a alzar la vista o de grandes concep- cha va vestida casi como si fuera a un cabaret, así lo
ciones urbanísticas que llamen a la contemplación. Los hace porque ande de cacería a la espera de que un hom-
rascacielos de la capital no son precisamente piezas bre la asedie con su deseo, puede llevarse un desagra-
que lo dejen a uno con la boca abierta, más bien son un dable chasco. Hasta las más atrevidas sólo quieren ser
estorbo para la maravillosa paisajística de la montaña. miradas, sin pedir nada a cambio. En eso son tan gene-
A merced de sus calles y su caudal humano, el cara- rosas, se dejan ver, se entregan sin ambages a la mirada.
queño mira con impudicia, o mejor dicho, libremente, Cuando una mujer llama la atención a cierta distan-
como si fuera un derecho adquirido e incontroverti- cia y uno disminuye el ritmo del paso, para verla pasar
ble el mirar al otro al propio antojo. En esta ciudad, los a ella o, simplemente, se detiene so pretexto de encen-
unos miran a los otros sin mayores tapujos. der un cigarrillo, podrá disfrutar de un instante delicio-
Obvio, que el escrutinio que los varones hacen de la so. La mujer se sabe mirada. Sabe que el hombre se ha
anatomía de las féminas aparece como la más visible detenido sólo para eso. Ella mantiene los ojos ausentes,
de las formas de mirar que el caraqueño tiene. Pero, hay los párpados bajos como cortinas. Se hace la desenten-
otras muchas, menos crudas. Entre hombres se miran, dida, la que no se ha dado cuenta, la que, en fin, si se
como para fijar el territorio cuando se coincide en una sabe bella no está pendiente de eso. Pero, no es así. A
oficina pública, por ejemplo, en el trance de hacer una último momento, casi cuando ya pasó junto al hombre,
cola, como para prever un ataque o enviar una señal de no resiste la tentación de lanzar un breve reojo y com-
que no hay problema, de que ahí cabe más de un macho probar que de hecho la miran. A partir de ahí su paso
sin consecuencias. Es una forma de civismo muy pecu- se hace momentáneamente más lento, puede que agite
liar y propia del caraqueño. su melena y la acomode hacia el otro lado para ofrecer
En otras ciudades de registro visual más amplio como el perfil a su admirador furtivo. Tras esto, desaparece
Nueva York, Londres o Berlín, por nombrar sólo tres, tal en la multitud.
vez la gente no se mire tanto entre sí. En las culturas nór-
dicas mirarse en la calle es costumbre poco aceptada. En Nota disonante
Armando Coll Estados Unidos quedarse viendo demasiado unas pier- Pasa que, si bien el arte de mirar en Caracas ha
armacoll@gmail.com
nas bien hechas puede conllevar una acusación de acoso ido haciendo su propia normativa, hay episodios que la
sexual (y no se está exagerando; hay casos que ilustran). deshonran.
En las calles de las grandes ciudades del mundo, El más frecuente es el de los hombres que acostum-
tan populosas, la gente forma corrientes de desplaza- bran rezongar vulgaridades al paso de una mujer.
miento como las de los peces gregarios que decoran las Hay flores de flores, florear siempre ha sido costum-
peceras. Como hormigas se desplazan en doble vía sin bre del venezolano. Pero, no es este el caso, a juzgar por
el más mínimo intercambio visual, al punto de que son la cara de estupor que pone la dama o por su impertur-
frecuentes los tropezones sin que medie siquiera una bable mutismo, cuando le murmuran cerca.
disculpa. Todo el mundo sigue de largo. Hay una gran Cuando la fémina sonríe apenas, entonces, cabe
indiferencia por el otro. suponer que la flor fue aceptada y que el hombre no
En ciertas sociedades, hay locales o espacios desti- acudió al repertorio pornográfico para celebrar los atri-
nados especialmente para el ver y dejarse ver, para echar butos de la paseante; pero, tal vez sea más placentero
físico como se diría en criollo; una actividad que requie- mantenerse en el umbral de la mirada. Basta ver a los
re de planificación y de una estudiada indumentaria. jóvenes liceístas que acuden a las tiendas de comida
rápida, más que a comer a mirar.
Ver no cuesta nada Allí convergen después de clases, y pueden pasar-
Caracas en cambio es una miradera continua, a se la tarde entera, los muchachos en una mesa y las
cualquier hora y en toda ocasión. Se vale mirar y sólo muchachas en otra, entregados a la pura miradera. Se
en casos tal vez excepcionales y que involucran a gente miran con fruición, pero sin pasar la raya. Hasta el día
muy disfuncional, una mirada pueda terminar en una en que haya una señal de parte de la jovencita, o que de
reyerta o hasta a balazos, como ocurriera meses atrás tanto mirarse termine siendo como si se conocieran de
en una discoteca, donde un joven fue acribillado por toda la vida. El escarceo de los ojos parece la más segu-
“mirar feo” a otro. Pero, en general, ver no cuesta nada. ra de las prácticas sexuales hoy día en Caracas.
Por supuesto que, como en todo intercambio huma- Lo único que puede contagiar la mirada sea tal vez
no, hay una etiqueta, unas reglas básicas que cumplir. la confianza.
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Junio 2009
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