de personalidad que se suele producir en el político una vez que alcanza el poder.
Se comprueba con asombro que al compañero de partido y de campaña, le empieza a gustar que le llamen “Sr.o Sra. Presidente o Sr.o Sra. Alcalde-sa”.
Es cierto que, si una persona que se dedica a la política, no es lo suficientemente inteligente como para rodearse de compañeros de viaje que le cri- tiquen con franqueza sus decisiones en vez de li- mitarse a adularle, alcanzar el poder puede hacerle irreconocible incluso entre sus más cercanos. Las luces que brillan alrededor del poder, pueden cegar al que ha sido un buen candidato desdibujando, aún más si cabe, el posible compromiso adquirido con sus votantes en tres conversaciones sin rigor mantenidas con ellos. En demasiadas ocasiones estos encuentros con el electorado, en el caso de haberlos, obedecen más a intereses del gabinete de prensa que al deseo sincero de los políticos de co- nocer la opinión de los votantes.
Si a esto, además, le sumamos el intenso día a día al que someten los acontecimientos impredecibles3, el incontrolable dossier de prensa y las oportunida- des de última hora4 que se le ofrecen a todo man- datario que se precie, tenemos una agenda com- pletamente ocupada. Una agenda recién creada, en la que ya no caben cuestiones nimias como las promesas hechas en la campaña electoral, ni mucho menos cabría una planificación estratégica previa, de haberse realizado. Una planificación estratégica que no evitaría al cien por cien los riesgos men- cionados, pero cuya ausencia, es poco menos que la mejor garantía para que afloren con total natu- ralidad en la mal llamada acción política diaria. La acción política diaria debe obedecer a una plani- ficación estratégica previa o en todo caso, a una
Es muy difícil que un político sin estrategia sea capaz de cumplir con la palabra dada
planificación amoldada a las circunstancias. Sin embargo, si analizamos el proceso, podemos observar que, desfachateces y corruptelas aparte, es muy difícil que un político al uso, es decir, sin una estrategia bien definida, sea capaz de cumplir la palabra dada. En definitiva, hay otras cuestiones
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previas, que generan el mejor caldo de cultivo para que los políticos y sus partidos, finalmente no cumplan sus promesas electorales.
Estaríamos hablando de las causas de las causas. Para ver qué es lo que se esconde en los hábitos y costumbres de la clase política, el primer velo que habría que correr es el creado por la dinámica de la propia campaña electoral. Aunque parezca in- creíble, personas que en situaciones normales son razonables, metidas en el fregado de la campaña, son abducidas por una suerte de pensamiento gru- pal o incluso único. Cosa que no es de extrañar dada la convivencia extrema con sus colaboradores, seguidores y medios de comunicación durante un periodo de tiempo muy corto pero realmente in- tenso, que dificulta una visión clara de la realidad.
En todas las encuestas, se refleja que la inmensa mayoría de los votantes ya tiene decidido su voto antes de la campaña electoral. La misión más im- portante de la campaña electoral, no es por tanto la captación de votantes, sino la de asegurarse de que la decisión tomada por estos previamente, se haga efectiva el día de las elecciones.
Por lo tanto, en campaña no hay tiempo real para saber lo que de verdad preocupa a los electores y para hacer un programa electoral consecuente. El tiempo de la escucha activa y de la definición del compromiso básico con los electores es muy ante- rior a la campaña electoral. Si, además, consideramos que el cumplimiento del programa es uno de los factores más importantes a la hora de elegir el voto, no debe extrañar que haya un divorcio entre la clase política y la ciu- dadanía. En política, son necesarios los noviazgos bien avenidos y las citas a ciegas, llenas de prome- sas coyunturales, pueden dar lugar a sorpresas muy desagradables.
Pero, ¿cuáles son las reglas a aplicar durante ese noviazgo? ¿Es posible sistematizar la política para evitar los permanentes incumplimientos y obtener unos buenos resultados?
Definitivamente, sí. No hay más que observar que los resultados electorales de un mismo partido, no son homogéneos ni temporal ni geográficamente. Son esas pequeñas diferencias las que nos dan po- sibles pistas sobre la existencia de buenas y malas prácticas por parte de los protagonistas. No hay que olvidar que una misma práctica puede ser buena en una determinada situación de un municipio con-
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