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“Pero maestro” interpeló Satoor, “haré lo que me pidas, vengo desde muy lejos y he llegado aquí tan sólo con el deseo de apren- der los secretos milenarios de la flexibilidad y la fuerza”. “No sirves, eres caprichoso y tu mente está llena de espejismos y pasiones. No sabes aguantar tus deseos y además eres un inma- duro para los frutos del alma. Así que lár- gate”. Dijo Budham, dando media vuelta y cerrando aquella enorme puerta.


Satoor se sentía decepcionado y deprimido, pero sin embargo seguía percibiendo que allí tras aquellas puertas se enseñaba aque- llo que siempre había presentido, por lo que decidió sentarse y esperar pacientemente junto a la puerta. Pasaron tres días y tres noches en los que Satoor se mantuvo en el umbral sin comer y sin beber, hasta que al final…. Budham apareció de nuevo y dijo:


“te he dicho que te largues” “pero maestro” dijo Satoor. “Juro por mis padres que obedeceré sin rechistar lo que me ordenes, por difícil que esto me parezca”


Budham mirándo- le fijamente, dijo con


severidad:


¿Prometes obede- cer sin rechistar


lo que aquí se te ordene durante un periodo ininterrumpido de tres años? “Si, sí, lo juro” dijo Satoor con una ráfaga de esperanza en su rostro. El maestro abrió la puerta y Satoor cruzó el umbral.


Cuando transcurrió el primer año, Satoor seguía haciendo las labores más básicas de la cocina y la limpieza de aquel enorme lu- gar, y todavía no había pisado una platafor- ma de instrucción. Sin embargo, se pensaba para sus adentros “ El maestro debe estar probándome, por lo que debo aguantar. Se- guro que de un momento a otro comenzará mi enseñanza”.


Cuando había transcurrido el segundo año sin salir de aquel lugar, Satoor seguía sir- viendo en la casa. Limpiaba, cocinaba, arre- glaba el jardín y cuidaba de las labores más modestas y aunque ya no se mostraba tan in- quieto e impaciente, a veces se decía:


“No sé, no sé, creo que he caido en manos de un sinverguenza que me explota. Maldita promesa que le hice. Desde luego, qué vano error he cometido cayendo en manos de este caradura que encima ni me habla”.


Ya cerca de los tres años de permanecer en aquel lugar, Satoor se encontraba tan adap- tado que ya ni recordaba lo que había veni- do buscando. Podría afirmarse que las artes marciales y sus juveniles objetivos de llega- da le dejaban indiferente. Sentía que se ha- bía convertido en nada, ya que pensaba que nadie le respetaba.


….. Aquella tarde, aparentemente como las 5


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