casos y rostros
por eso es menos fastidiosa. Es más simi- lar a un desfile militar del 5 de Julio, con cientos de vacacionistas detrás y tres posibles figuras a la cabeza: Un carro destartalado, botando
humo negro e intoxicando a cientos de personas a la vez, cargando en sus entra- ñas a cuatro adultos, seis niños y un con- ductor gordo que hacen que, por el peso, el carro vaya aún más lento. Una camioneta que pareciera que
hubiese empacado todo el contenido de una casa en su espacio interno. Ésta, por lo general, lleva en el techo una mesa enorme o un sofá y detrás un carro pequeño en el que todos los pasajeros temen por sus vidas. Una gandola, aunque una de las len-
tas. Cada vez son más comunes las que van a 160, a pesar de que llevan impresa la palabra INFLAMABLE en letras enor- mes a un costado.
motivada por su incesante deseo de ir al baño. Su vejiga tiene mente propia y no una cualquiera, sino una mente capri- chosa e infantil que sólo decide actuar en los momentos más inapropiados, como en medio de una carretera intermina- ble de Los Llanos sin estación de servi- cio divisable. Es fácil distinguirla desde algún vehículo contiguo, ya que es la única persona que lleva los ojos cerrados. Parece que estuviese rezando al dios de la incontinencia y se mueve como si estu- viese bailando para distraer a su organis- mo de la necesidad imperante que la ago- bia. Siempre hay algún sujeto en el carro que le encuentra gracia a su condición y le termina aconsejando en chiste que “lo haga ahí en las ramas”, que él le canta la zona. Como consejo general: si andamos con una incontinente, no es aconsejable ni hacerla reír, ni subirle la potencia al aire acondicionado, ni hacerle referen- cias a cascadas, ríos u otros cuerpos de agua. No importa qué tan gracioso nos parezca, sencillamente no es aconsejable.
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El tipo de los mareos El carro al lado de la vía. Todos los pasajeros -menos dos- cami-
nan alrededor del vehículo de forma intranquila. Una silueta inclinada mien- tras otra le pone su mano en la espalda en señal de apoyo. Esta imagen sólo es capaz de generarla el tipo de los mareos. Nada aviva su estomago inquieto más
| Octubre 2010
La incontinente Probablemente ha recorrido todos los baños de Venezuela,
que el vaivén de una embarcación y el movimiento de un vehículo en carrete- ra. Entre las ocasiones que siente que va a vomitar y aquellas en las que efectiva- mente lo hace, es capaz de hacer parar el vehículo en el que viaja unas 16 veces en un viaje de Caracas a Puerto la Cruz. De más está decir que, a menos de que se sea muy, muy cercano a él, lo más recomen- dable es dejarlo en una ventana para que agarre aire fresco y sortearse el puesto de la ventana contraria para evitar acci- dentes. Otro consejo es que, en casos de visitar lugares como Morrocoy, en los que además será sujeto a viajes en peñeros, se debe programar por lo menos una sema- na de estadía, ya que un fin de semana largo se le irá de mareo en mareo, lo cual pondrá en juego la diversión del grupo. Si le ve ingerir alimentos en algún localcito
ñantes que lo que quieren es llegar de una buena vez a su destino sin tener que dete- nerse en cada quiosquito al lado de la carretera a comprar cachivaches y comi- das típicas que ya, ni les caben en el carro por un lugar, ni les caben en las barrigas por el otro. Ese personaje suele escudarse bajo un comentario similar al siguiente: “¿cómo vamos a decir que estuvimos en (llenar este espacio con cualquier puebli- to de Venezuela, sin importar lo insigni- ficante que sea) y ni siquiera probamos el/la (llenar este espacio con cualquier fruta, tubérculo, dulce, plato principal, bebida, brebaje o demás que pueda o no gustarle pero que se considere represen- tativo de dicho pueblo). Es también de temer en pueblos con tradiciones de arte- sanías y, sobre todo, en aquellos en los que se trabajan muebles de madera (una bolsita de pulseras no es tanta molestia como una mesita de noche apoyada con- tra nuestra espalda en el asiento de atrás de un carro en carretera).
en la carretera, el llamado es a golpear- lo y recordarle que él no viaja solo en ese carro. Sugerencia para hacerle antes del viaje: ¿te tomaste el Dramamine?
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La que quiere comprar una cosa distinta en cada pueblo por el que pasa
El dulce de leche llegando a Coro, las fre- sas en el páramo merideño, los quesos viajando por los llanos, las empanadas en Margarita… Este personaje se cree Valen- tina Quintero pero sin las cámaras, la plata ni el equipo de producción. En cam- bio, suele viajar con un grupo de acompa-
es la música para un viaje. En las manos de un experto, el soundtrack del camino suele dictar lo que se va a escuchar al arribar, genera un ambiente de solidari- dad entre los pasajeros y hace la expe- riencia más placentera. En las manos de un inepto, la música suele significar la primera entre una retahíla de discordias durante un viaje infernal del que los pasajeros más nunca volverán siendo los mismos. Suele ser el copiloto en quien recae esta labor, aunque, por lo general, debe haber un contrato tácito entre éste y el que conduce, porque nadie quiere ver al último de mal humor. Es importante escuchar las peticiones musicales de los demás pasajeros y respetar algunas nor- mas básicas: no colocar música que ya sabemos de antemano que alguien del vehículo detesta y no colocar nada exce- sivamente lento y sedante que, si bien puede ayudar a relajar a los pasajeros (algo positivo), puede también relajar en exceso al conductor y hacernos estrellar contra la defensa (algo negativo). El volu- men es otro tema importante. Con res- pecto a esto, cabe entender que si quere- mos conversar, el volumen debe ser bajo, pero si más bien nos llevamos mal con los demás y no queremos ni saber qué pien- san ni que sepan qué pensamos, el volu- men alto puede ser la excusa perfecta para evitar una conversa no deseada.
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El dueño de la música Todo aquel que ha viajado en carretera sabe lo importante que
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