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El novio de la muerte por F.T.


Nadie en el Tercio sabía quién era aquel legionario tan audaz y temerario…


Adela estaba acostumbrada a ver videos en Youtube, unas veces al azar y otras buscando algo concreto, una canción, una imagen, un rostro, un paisaje… Cuan- do llegaba a algún vídeo al azar, generalmente siguiendo enlaces de otros, solía sorprenderse de la versatilidad del medio y entregarse a su visión con una actitud bastante ingenua, sin buscar nada concreto y dejándose atrapar por lo que fuera surgiendo. Fue lo que le ocurrió aquella tarde. No podría explicar cómo habría llegado has- ta aquel video de la Semana Santa de Málaga. Cuando se quiso dar cuenta estaba viendo aquel desfile sorprendente de una compañía de legionarios con diez gas- tadores portando el Cristo de la Buena Muerte sobre sus cabezas, desfilando a un ritmo solemne y pausado y cantando El novio de la muerte, un himno que le sonaba lejanamente, quizás por haberlo escuchado en situaciones similares, y que contaba la historia de un hombre enamorado que decide olvidar sus penas en el Tercio, en- frentándose bizarramente a la muerte y convirtiéndose así en símbolo del espíritu de entrega de la Legión. Cuando más embebida estaba en la marcialidad del desfile, el video enfocó el rostro de uno de aquellos gastadores y se sintió helada. Allí estaba, marcial, erguido, orgulloso, concentrado en el desfile, con la mi-


rada fija en el infinito y el mentón levantado a las estrellas mientras paladeaba aquel himno. Arremangado, aunque en el ambiente se palpaba el frío de una tar- de de primavera, y con la camisa desabrochada, ofreciendo el pecho a las balas del enemigo que se invocaba: “Y sin temer al empuje/ del enemigo exaltado,/ supo morir como un bravo….” Aunque Adela no pensaba en las balas ni en la po- sibilidad de que aquel legionario sucumbiera en el combate, sino en la lejana tarde, hacía ya quince años, en que se habían despedido delante de su casa para no verse más, y en la tarde siguiente y en la otra y en todas las demás en que, durante me- ses, esperó su vuelta o al menos una llamada de teléfono explicando algo, aunque


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Luz y Tinta


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