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pero por algún extraño motivo cultural o heren- cia social ponemos casi toda nuestra atención en una de ellas, tenemos en cuenta sólo de forma relativa a la segunda y nos olvidamos delibera- damente de la tercera. Una locura, ¿verdad? Porque si hipertrofio una de las tres patas en de- trimento de las otras dos, ¿cómo puedo pretender que el sistema esté en equilibrio? Buena pre- gunta.


La pata hipertrofiada es nuestro componen- te intelectual. Nuestra capacidad de pensar, reflexionar, estable- cer vínculos complejos


entre los sucesos y sus consecuencias; nuestra habilidad para resolver problemas, coordinar acciones y contextuali- zar los resultados. El arte, la creatividad, el humor, la espiritualidad, la cons- ciencia acerca de la propia extinción, el con- cepto de trascendencia. Y, por encima de todos ellos, el lenguaje, la meta herramienta suprema que nos distingue como humanos.


Ésta es una pata muy estudiada, conocida y premiada. Al menos en la sociedad occiden- tal contemporánea, un buen desarrollo intelec- tual es habitualmente sinónimo de éxito social y económico, y por ello nos sacan de nuestro ho- gar en los primeros años de vida y se nos somete a un proceso de estudio y competitividad que no finalizará hasta nuestra muerte. Por eso disfrutan de más prestigio social las profesiones con título que las que no lo tienen, y por eso tienden a subir en las organizaciones las personas más capa- citadas en lo técnico, aunque frecuentemente sean analfabetas en lo relacional.


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ejemplo de la mesa, nuestra pata intelectual mide dos metros de altu- ra. Lo que viene a signi- ficar que, si las otras dos patas no tienen la misma longitud, el equilibrio se verá muy comprome- tido… y eso es exacta- mente lo que pasa.


La segunda pata tie- ne que ver con nuestro cuerpo. La mente no puede existir sin un ha- bitáculo físico, así que la relación entre ambas extremidades es obvia. Sin embargo, aunque los tiempos están facilitando y promulgando un culto al cuerpo que hace po- cas décadas no existía –piensa en las empresas que empiezan a tener gimnasio en sus sedes, o en el moderno mobilia- rio de oficina, tan ergo- nómico y cuidado-, lo cierto es que la atención y el tiempo que le dedi- camos a nuestro propio cuerpo, más allá de ha- cer una dieta o de correr por las mañanas, está muy lejos de compararse con el que le prestamos a nuestro intelecto. Esto no siempre es así en los casos individuales –me vienen a la cabeza los apolíneos cuerpos de Hollywood-, pero induda- blemente sí es así en lo social y organizacional.


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