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H


ace ya unos cuan- tos años –no diré exac- tamente el número para no dar pistas acerca de mi edad ya nada envidiable -, me gana- ba los garbanzos como controller estratégico en una notable escuela de negocios de Madrid. Por si a estas alturas de la película alguien anda un poco flojo con el inglés, las traducciones al espa- ñol que Wordreference. com hace del término controller son “interven- tor”, “director” y “contro- lador”.


En justicia, o por lo me- nos en mi experiencia desempeñando dicho puesto en esa organi- zación en concreto, no se trataba de que in- terviniera el trabajo de otras personas y mucho menos que las dirigiera. En primer lugar porque, al ser profesionales de su función, la desempe- ñaban mucho mejor de lo que mis compañeros controllers o yo mismo pudiéramos haberlo hecho. Y en segundo lugar, porque intervenir en un proceso equivale a sacrificar la pureza del control sobre el mismo. Y cuando hablo de control no lo hago desde la fis-


calización, sino más bien desde la supervisión y el apoyo.


Ahora sé que da lo mis- mo cuáles fueran mis intenciones o mi visión particular del cometido. Lo realmente importante es lo que mis compañe- ros percibían en aquellos momentos, así como la retroalimentación que producía en mí, y las consecuencias perversas que ello tenía en nues- tra relación profesional y personal.


No recuerdo quién dijo que un controller es algo parecido a Darth Va- der: alguien poderoso que una vez estuvo en el lado bueno, pero que en un momento se vio tentado por el reverso tenebroso de la fuerza, y ahí se quedó. Es eviden- te que yo no iba por los pasillos con capa negra, casco intimidatorio y res- piración asmática como el bueno de Anakin Skywalker, pero lo que puedo asegurar es que el resto de la empresa me miraba como si fue- ra a aniquilarles desde la Estrella de la Muerte si osaban contrariarme.


No puedo dejar de esbo- zar una sonrisa cuando recuerdo aquellos años.


Me viene a la cabeza una mañana en concre- to, cuando me resultó difícil reprimir las lágrimas delante de mi directora. Lo que me hacía muy desgraciado en ese mo- mento no eran los hora- rios más que dilatados –por aquel entonces cul- paba a la empresa de injusta e inhumana, hoy sé que era un problema mío de “workaholismo”-, ni la presión de los ob- jetivos y las reuniones desagradables; lo que me dolía era que los que pocos años atrás habían sido compañeros queri- dos, divertidos colabo- radores y cómplices en alguna salida nocturna, ahora me odiaban, me temían y me insultaban detrás de cada esquina. ¡Dios, qué patético! ¿Te imaginas a Darth Vader haciendo pucheritos por- que en realidad a él no le gusta ser malo?


Pero no es mi intención aburrirte en este artículo con mi biografía. En rea- lidad uso esta anécdota para ilustrar, de modo más o menos gráfico, que lo que hacía vivir tensas e infelices a un montón de personas, empezando por mí mis- mo, era precisamente lo que por entonces me esforzaba en negar: el


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