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Más que un rincón, más que un lu- gar al que acudo con las velas henchi- das, Los Alcázares es una metáfora, pues en su apetencia y en su añoran- za se conjugan tanto el recuerdo de aquellos versos inolvidables de fray Luis de León —“qué descansada vida la del que huye…”— como la receta clásica para desconectar de lo inme- diato a través de lo que suele deno- minarse ‘cambiar de aires’, es decir, perderse y dejar que el tiempo crezca en un lugar alejado de los escenarios de costumbre.


Y Los Alcázares, ese pequeño


municipio murciano a orillas del Mar Menor que tan familiar se ha hecho últimamente para los asturianos, re- úne ambas condiciones: tranquilidad, para quien como yo busca durante las vacaciones y viajes poder desconectar de la rutina diaria, pero con el pensa- miento alerta para seguir construyen-


do mundos que la llenen al regreso; y lejanía en todos los sentidos de lo habitual. Conocí Los Alcázares hace ya vein- te años por una coincidencia que no resulta ahora relevante. Fue en el mes de septiembre, en que pasé allí doce días con mi familia, en un chalecito adosado de los que había adquirido y puesto a disposición de sus asociados el Montepío de la Minería Asturiana cerca de la playa de Los Narejos. Para mi mujer y mis hijos, que disfrutan de la playa, fue un descubrimiento aquel Mar Menor, sin olas, sin apenas pro- fundidad, en el que se puede saborear el baño sin la molestia de las olas ni el peligro de la resaca. Tan distinto a nuestro Cantábrico. Aunque quizás lo que más les atrajo fue el buen tiem- po generalizado, aquella temperatura tan agradable que ni era pegajosa por el día ni molesta por la noche. A mí


personalmente, aparte el clima medi- terráneo, tan apetecible para desin- toxicarse de las lluvias y nieblas del norte, me cautivó su tranquilidad, tan propicia para largos paseos a la orilla del mar y para ocupar algunas horas de la tarde en la lectura perezosa ca- paz de saborear todas las palabras y apreciar el ritmo de la prosa y la ca- dencia de la sintaxis. Desde entonces hemos vuelto


todos estos años, salvo uno que se quedó prendido en ciertas obliga- ciones familiares. Siempre en sep- tiembre, cuando ya el calor del vera- no no castiga sino que acompaña y


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