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Cuando me muevo por la ciudad siento latidos, escucho conversaciones…


más de dos años que disfrutaban de la tarjeta y ya llevaban pagados más de mil cuatrocientos euros. María An- gelita, entre casa y casa, se presentó en el banco para que se lo explicaran. Ahora ya no tienen tarjeta. El regalo del crédito inacabable ha sido refi- nanciado con un préstamo a tres años a razón de cuarenta euros al mes.


El empleado fiel Aquel fresador había sido un hom- ferias, tomaba las decisiones


la calle con un buen consejo y sin ninguna indemnización: Si quieres cobrar, me demandas. Aquel fresador, que por casualidad nació en Madrid, podría haber nacido en cualquier par- te de España.


El tráfico en la ciudad Antes iba a trabajar en autobús


bre de confianza de su jefe, asistía a las


acertadas en su nombre, asumía res- ponsabilidades que no le competían y destacaba por su fidelidad a la empre- sa. Ahora que la mina iba mal, cuando todos los compañeros estaban siendo despedidos, él conservaba su trabajo. Por el mismo dinero prolongaba in- definidamente la jornada para cubrir los puestos vacios. Un día, cansado de tanto trabajar, habló con su jefe de confianza y le espetó: así no pue- do seguir, si no me vas a pagar, me tendrás que despedir. Y le puso en


porque tardaba casi lo mismo que en coche y además podía leer. Ahora si- gue yendo en autobús porque le sale más barato y además puede leer. Esta mañana se le hizo tarde para ir a tra- bajar y cogió el coche. Era un día me- dio lluvioso de mediados de febrero. Por la escasez del tráfico parecía más bien un día del mes de agosto. Solo parecía. El paro no son vacaciones.


La llamada de teléfono Ese día llegó al trabajo especial-


mente inquieta, pendiente de una llamada. Los ingresos de la familia dependían de un ERE: novecientas personas se quedarían sin empleo a lo


largo del año. En los últimos tres me- ses ya habían sido despedidos ciento cincuenta. Los trabajadores afecta- dos recibían la noticia a mediados de mes. Quince días después pasaban de activos a parados. A las doce y diez sonó por fin el teléfono. Era Diego, su marido: Este mes, dijo, tampoco estoy en la lista, cobraremos un mes más. Marisa suspiró por un momento aliviada. Después, un pensamiento que no quería oír, ni que se oyera, le rozó con la duda de si en el borrador de los mil quinientos despidos que preparaba su empresa, ya figuraría su nombre.


Colores Cuando me muevo por la ciudad


siento latidos, escucho conversacio- nes… También vislumbro irisaciones en las fachadas y en el mobiliario urbano. Escribo lo que oigo y tomo fotos de colores como anestésico.


GLORIA SORIANO


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