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trema puntualidad. Ya no hay atascos y leo menos. Pero me sigo sintiendo muy afortunada porque aún subo al autobús cada mañana.


El gimnasio Dijeron en televisión que la gente


ya no coge el autobús porque se des- plaza a pie. Yo lo dudé. Todos sabe- mos que en las grandes ciudades hay distancias sin tiempo para recorrerlas andando. ¿Sabrá la televisión que la gente no tiene trabajo? Hoy, que llo- vía, el autobús que casi siempre va vacio, se llenó. Oí en la radio que los gimnasios se estaban cerrando. Me lo creí.


El metro Antes cada dos minutos llegaba


un metro al andén de la línea tres. Cuando se iba un tren en el luminoso colgado del andén avisaba, próximo tren en dos minutos. En horas punta había una alternancia de mensajes: próximo tren va a efectuar su entra- da en letras naranja, próximo tren en dos minutos en letras rojas. Así que dejé de correr cuando al picar mi billete en el torno sentí el rumor de un metro que se acercaba. Ahora han


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colocado encima del torno un rótulo digital que avisa: próximo tren en un minuto, siguiente en once minutos y he vuelto a correr.


El pasajero del pie torcido Cuando el autobús llegó a la pa-


rada, abrió las puertas. Por la del medio se apearon dos pasajeros. El autobús continuó un rato más esta- cionado con la puerta abierta. El frio de la calle se sintió en el interior. El señor sentado a mi lado junto al pa- sillo, gritó con enojo: “esa puertaaa”. El conductor la cerró. Llegando a mi parada, me preparé para salir: guardé mi libro, mis gafas y le pedí paso a mi casual compañero. No sé si levantó para facilitarme la salida, o tan solo giró sus rodillas hacia el centro ha- ciéndome un pasillito por el que yo pudiera alcanzar el otro más grande que recorre el autobús. De lo que no tengo ninguna duda, es que emitió un gruñido poco inteligible aludiendo al tiempo de antelación con el que debía prepararme para la parada. No alcancé a saber si lo desaprobaba por corto o por largo. Pero hubo algo so- bre lo que no me cabía ninguna duda. Con voz clara le contesté: ¡Vaya día


tiene usted! Espero que ese pie torci- do pronto se le enderece.


La revolving Luis Rubén Collaguazo trabajaba


en la construcción y María Angelita Guañuna limpiaba casas. Vivían con dos hijos, en edad escolar, en una casa compartida. Después de varios años, emigrantes y residentes, ha- biendo acreditado que eran honrados pagadores de sus facturas, el banco les obsequió con una tarjeta con mil doscientos euros de crédito que po- dían disponer con total libertad pa- gando tan solo cincuenta al mes. Luis Rubén, que gustaba de los coches y de la mecánica, se hizo con un auto de segunda mano a muy buen precio. Los fines de semana, el sábado o el domingo, nunca pernoctaban fuera, la familia en completo, dotados de coche, nevera y tarjeta de crédito, llevaban a cabo viajes de jornadas in- terminables. Descubrieron las monta- ñas y los mares emplazados a cientos de kilómetros de la ciudad. La subida del precio de la gasolina puso fin a estas exploraciones aventureras. Lo que no terminaba nunca era el goteo de los cincuenta euros que socavaban cada mes su cuenta de ahorro. Hacía


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