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Cómo pudo cambiar tanto el sueño, cómo pudo transformarse ese caramelo en La falsa Maya, cómo pudo variar esa- dulce fantasía en esa pesadilla.


Ella sollozaba con deleite, esa


mujer era fruición para todos los sen- tidos.


En ese momento de goce absolu-


to, a punto de llegar al clímax, José sintió un raro vaho, un olor desagra- dable, levantó la vista que se había perdido en el ida y vuelta de sus cuer- pos y miró su rostro. ¡¡¡NOOOOOOOO!!! Era ella, la falsa Maya. El aterra-


José entró al cuarto y escuchó


gemidos de placer; me equivoqué, se dijo, pero la curiosidad pudo más y se asomó.


Ella, bellísima, estaba en la cama


tocándose, él se hizo ver, hacía una semana que no sentía a una mujer, ella lo vio y lejos de sentir vergüenza lo invitó a acercarse. José ni corto ni perezoso revoleó su camiseta de River que llevaba orgulloso por Guatemala y acarició sus pechos, se perdió en ellos con sus labios, su piel era como un durazno, su aroma le decía que era la mujer de su vida. Ella lo ayudó a sacar su short y


lo besó. Empezaron a 22 hacer el bendito amor, José estaba en el cielo.


dor grito lo despertó, y lo mismo a su compañera de viaje que le dijo. —¿Qué te pasó? —Nada, una pesadilla, disculpas. Ágilmente saltó de la cama y fue


al lavabo, abrió a la ducha y se bañó como sí le hubieran tirado un barril de estiércol. Cómo pudo cambiar tanto el sue-


ño, cómo pudo transformarse ese ca- ramelo en la falsa Maya, cómo pudo variar esa dulce fantasía en esa pe- sadilla.


Qué pesadumbre. Salió de la ducha, cogió ropa lim-


pia, quedaba poca de ella, y se vistió. —¿Qué soñaste?, preguntó ella. —Prefiero no hablar ahora —le


dijo él. Su abuela siempre decía que los sueños malos no se contaban hasta después de desayunar, sino se


transformarían en realidad, y eso no era lo que José anhelaba. La falsa Maya le hablaba, como


siempre y todo el tiempo, de que en un rato vendría el guía a llevarlos a Chichicastenango, el lugar para com- prar artesanías de Guatemala, el país de la eterna primavera.


—A las 10 te veo en la puerta del


hotel, le dijo él y salió a desayunar, ya quedaba poco dinero y había que aprovechar ese morfi incluido en los gastos del alojamiento.


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