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relacionados con la agricultura y el cuidado de los animales. No hubo en Egipto profesión me-


jor considerada ni realizada con me- nos esfuerzo físico que la del escriba. El escriba era un alto funcionario al servicio del faraón, de un dignatario o de un templo. Sus ocupaciones eran muy variadas: en los campos, compro- baban la posición de los límites des- pués de las inundaciones periódicas del Nilo y contaban el grano de las cosechas para calcular los impuestos que debía de pagar. El ganado, el vino y otros productos que entraban en los almacenes reales también pasaban por sus manos. Y no acababan aquí sus obligaciones, sino que, a veces, escribían contratos, actas judicia- les y cartas para particulares. En los templos, además, había sacerdotes que sabían escribir y se dedicaban a copiar textos y a recitar fórmulas rituales. Uno de los materiales sobre los


que con mayor frecuencia se escribía en el Antiguo Egipto era el papiro, fabricado a partir de tiras del tallo de esta planta, pegadas con el jugo producido por el propio tallo. Entre los documentos más reproducidos en el papiro se encuentra el Libro de los Muertos, texto de carácter mágico que se ilustra con viñetas y se coloca en las tumbas para proteger al difun- to en el Más Allá.


Cualquier persona podía llegar a ser escriba, aunque generalmente era un oficio que pasaba de padres a hijos. Durante el Imperio Antiguo, cada escriba enseñaba personalmente a su hijo, pero, a partir del Imperio Medio, en algunas ciudades aparecie- ron las escuelas o Casas de la Vida. Los niños ingresaban en ellas cuan- do tenían cuatro o cinco años y su aprendizaje se prolongaba hasta los doce. Empezaban copiando frases en fragmentos de caliza o cerámica, o en madera recubierta con yeso, ya que el papiro era un material muy costoso. Además de saber escribir, debían de conocer las leyes y tener nociones de aritmética para calcular los impues- tos. Aunque pueda parecer que la vida de estos niños en la escuela de escri- bas era idílica, los maestros no duda- ban en aplicar severos castigos físicos cuando lo consideraban conveniente. Otro interesante tema sobre la


escritura son los pictogramas de los escribas. En los relieves de las tum- bas de algunos de estos funcionarios aparecen las escuelas de escribas y, en la parte superior de la representa- ción, un texto que narra la escena. El elevado rango social de que gozaban los escribas se aprecia en el hecho de que es una de las pocas profesiones que se indica con un pictograma que reproduce uno de sus instrumentos de trabajo: la paleta. Los pictogramas


son signos utilizados en la escritura que representan fielmente la realidad. Pasamos desde el medio día hasta


caída la noche todo el tiempo en Abu Simbel. Lo de esperar a la noche fue porque nos recomendaron un espec- táculo que todas las noches se reali- za sobre las paredes de los dos tem- plos: un espectáculo de luz, sonido e imágenes que narra la historia del Antiguo Egipto. Sin duda un espec- táculo para turistas que si no lo ves no te pierdes nada; para ver esto no hace falta viajar tan lejos, pero una vez que estás ahí, o te quedas a verlo o te vas al barco, pues allí no hay otra cosa ver. Cenamos a bordo y a la mañana siguiente partíamos rumbo Asuán. Durante los cuatro días que dura el trayecto navegamos durante la noche para aprovechar el día y ver los diferentes monumentos que a las orillas o en los montes se han salva- do del agua de la gran represa, esta gran reserva de agua que se extiende por más de 500 km a lo largo del río Nilo y cubre un área de 6.000 km2


,


de los cuales los dos tercios al norte, se conocen como Lago Nasser y están en Egipto y el tercio restante se en- cuentra en el llamado Lago Nubio, ya en Sudán. Pero esta parte del viaje quedará para el próximo número 20, en Mayo.


JOSÉ LUIS CUENDIA, “GUENDY” 17


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