...cogiendo aire en los pulmones y apli- cando los labios a la boquilla de la gaita, hizo salir de ésta un soniquete tan fuera de lo común, tan inusual, que trastornó por completo a los lobos
ocurrió, ya llevaban buen rato las es- trellas alumbrando los cielos. Regresaba con la noche cerrada
por estrechos senderos en dirección a su pueblo, no muy distante. Allí le esperaban las faenas comunes a todos los de aquel entorno, atender vacas y hacienda, y aquellos hombres acos- tumbrados a caminar por trochas y atajos no le tenían miedo al monte ni a la oscuridad. Al cruzar un riachuelo, un tenue chapoteo en el agua le desconcertó. El gaitero giró la cabeza pero no vio nada, y prosiguió caminando en me- dio de la oscuridad de la noche. Al poco volvió a oír el mismo ruido, y el miedo comenzó a apoderarse de su mente y de su cuerpo de forma atosi- gante. Desquiciado, continuó su mar- cha atento a todos los ruidos, y con las orejas como radares. De cuando en cuando detenía sus pasos y contenía la respiración, tratando de descubrir algo que no sabía qué era. Pero nada,
ni una figura, ni un ruido de pisadas, ni un chasquido que delatara presen- cia alguna. Quedaba un buen trecho de cami-
no por andar cuando divisó unas som- bras que tan pronto se mostraban en el sendero como desaparecían entre la maleza. Al poco ya fueron eviden- tes y constató lo que barruntaba: le acompañaban los lobos. Los animales fueron creciéndose
cada vez más, y sus distancias con el gaitero acortándose hasta desapare- cer totalmente una vez que le habían perdido el respeto. Viéndose perdido en su suerte quiso el hombre vocear, pero el pavor le estrangulaba la gar- ganta y fue imposible emitir sonido alguno que fuera más allá de su cami- sa. Sumido en un pánico atroz y casi a la desesperada dio golpes con un palo sobre un tronco. Pero el sonido apenas causó en las fieras un leve le- vantamiento de orejas. De modo que, repuestos del primer impacto, prosi-
guieron firmes a su lado, más agresi- vos que nunca y gruñendo de forma aterradora. El artista concebía aquella situa-
ción como la última actuación de su vida, cuando sin saber ni cómo ni por qué, cogiendo aire en los pulmones y aplicando los labios a la boquilla de la gaita, hizo salir de ésta un so- niquete tan fuera de lo común, tan inusual, que trastornó por completo a los lobos. Estos le miraron como el que mira a una divinidad y al instante depusieron su actitud y huyeron des- pavoridos. Como nunca más los volvió a ver
ni a sentir, prosiguió el camino, pero siempre con la boquilla de la gaita pegada a sus labios por si acaso. La llegada al pueblo se le antojó
lo más parecido al paraíso y, cuando contó lo sucedido nadie se podía ex- plicar el comportamiento de las fie- ras, pues difícilmente se atreven con el hombre a no ser que tengan mu- cha hambre. También sorprendió su comportamiento al oír el sonido de la gaita y la rápida huida que a la postre fue su salvación. Otros piensan simplemente que los lobos ese día no estaban para jo- tas.
MONCHU CALVO
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