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Escribir con la luz


Un disparate faraónico en la selva amazónica


La Ópera de Manaos El sueño de la sinrazón Cuando llegamos a Manaos (Ma-


naus en portugués), una asociación de ideas recorrió mi mente, mientras me impacientaba por tres cosas, ver la unión del río Negro con el rio Soli- moes, momento en que tras su unión se forma el mítico y legendario Ama- zonas; conocer el Teatro de la Ópera y verme por fin de nuevo en la sel- va amazónica, en esta ocasión en la zona brasileña. Esta ciudad fue fundada por lo portugueses allá por el año 1669, y hoy en día cuenta según los últimos censos con poco más de dos millones


de habitantes. Aunque siguen desta- cando la exportaciones de caucho, ya no se vive aquella denominada “fiebre del caucho”, cuando esta ciudad bra- sileña era considerada la más desa- rrollada y una de las más prósperas del mundo, la única ciudad brasileña que contaba con luz eléctrica, siste- ma de agua por caños y alcantarillas. En aquellos treinta años que van de 1890 a 1920, esta ciudad


disponía


de las tecnologías que otras ciudades brasileñas no tenían, como tranvías eléctricos, lujosos edificios, el Palacio del Gobierno, el Mercado Municipal y


el Teatro de la Ópera también cono- cido como el Teatro Amazonas, y que constituye el motivo de mi aporta- ción hoy a nuestra revista. Brasil es un país maravilloso, un


país de futuro y de presente, para mu- chos es el símbolo del eterno paraíso tropical, bordeado por ese increíble Amazonas, puro y salvaje. Para aden- trarse en la inmensa selva amazónica Manaos es la puerta de entrada, pocas ciudades brasileñas gozan de esa mí- tica aura como esta amazónica urbe. Bien es cierto que la ciudad está lejos de ser reconocida como el París de


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