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María era sensible a los cambios de color que iban experimentando las fotografías en el salón


Le llenaba de alegría la foto del


abrazo de Juan y Luisa en la boda de Isabel, y se contagiaba con ese cari- ño tan grande que ellos siempre se habían tenido.


Le gustaba especialmente el deta-


lle del compromiso de Isaac y Domi, en el día de su boda. Él pinzando sua- vemente con sus dedos los de ella, sin aprisionarla. Unidos y libres, di- bujaban con sus brazos un visado de conformidad al proyecto de una vida compartida. Cuando esa mañana pasó por la


foto de Arturo y Carmen, la encon- tró un poco verde. Se tranquilizó al comprobar que de momento sus caras conservaban el buen color. Les dio consejos de alimentación. Estaban siempre viajando de aquí para allá, de España a China, de China a Australia, de Australia a Chile… y desconfiaba de la cocina de otros países. En la


radio sonaba una alegre


canción. María, que movía el plumero al ritmo de la música, de pronto se


sorprendió con la foto de Toñi y Paco, los hijos de su cuñada Inés. Pero qué veo —exclamó— si ya casi no os dis- tinguís de vuestros bisabuelos. Tan preocupada que estaba vuestra madre porque no seguíais las tradiciones fa- miliares, y al final os estáis convir- tiendo en vuestros antepasados. A esta Inés, a cabezona no hay quien la gane. ¡Hay que ver lo que ha conse- guido de vosotros! Eliminando el polvo de unos retra- tos en los que casi no le daba tiempo a depositarse, también tuvieron su toque mágico: las Muñecas, lindísi- mas con sus ojitos y su canesú azul; Eugenio, tan guapo y formal el día de su primera comunión; Hugo, soñador y distraído, con su carita de ángel y su aire de artista…


A través de sus fotos, hablaba tanto con los vivos como con los muertos.


Al rozar con el plumero la foto de


Ricardo, su sobrino predilecto, éste levantó el brazo, la pierna y sacó casi medio cuerpo fuera del marco. —¡Nene, qué susto me has dado!— Después, contemplando su cara de pillo, sonrió feliz y segura de que ese día no le iba a faltar compañía ni di- versión. Así se iban sucediendo los días,


todos tan iguales y al mismo tiempo tan distintos, hasta que una mañana se encontró con la foto de Iván y So- fía desvaneciéndose tras el cristal. Un mal presagio le encogió el corazón. La imagen se perdía. En la radio dieron la noticia de un terrible accidente, un choque de turismos, tres muertos… Soltó el plumero. Con un gran dolor, se sentó abatida en el sillón de la sa- lita de estar y esperó a que sonara el teléfono. Desde entonces, en el salón grande de María se va acumulando el polvo sobre más de cien fotografías.


GLORIA SORIANO 39


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