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recientes, y le regalaban alguna nue- va fotografía. Como la casa ya estaba literalmente empapelada con tanta imagen, le compraron un marco digi- tal. Lo colocaron en la salita de estar, el lugar en el que más horas pasaba al día. Allí iban descargando las nue- vas entregas. Ella, que tenía en su corazón un espacio para cada uno, no entendía que colocaran a todos en el mismo marco. Ella, que daba a cada cual su tiempo, más largo o más corto según sus necesidades, no entendía ese ir saltando de imagen en imagen, con la misma pausa. Ella, que cada mañana despertaba a cada foto con el roce de sus dedos y la caricia del atrapapolvo, se resistía a que se pu- siera en marcha el carrusel apretan- do un botón. Aunque pasaba muchas tardes sentada en su sillón con los ojos pegados a la pantallita digital, la relación con los nuevos retratos fue siempre más distante y fría. El marco digital no consiguió apartarla de su ritual de cada día. María era sensible a los cambios


su madre, que de no haber fallecido hacía sesenta años, ahora tendría ciento diez. Inocencia, la madre, mu- rió siendo ella aún adolescente. Su ausencia le dejó un vacio más intenso del que fue capaz de reconocer y llo- rar. María ya era mayor que su madre, pero esa gran diferencia de edad no le daba más autoridad, ni más ma- durez. Cuando la cuidaba, cuando la hablaba, cuando la besaba, se com- portaba como una niña jugando a ser mamá con una madre que no deseaba volver a perder. Y la madre, cuando se desperezaba del sueño de la noche colmada de atenciones, conversaba con la hija, como si el tiempo no hu- biera pasado. En sus palabras a veces había desaprobación, como cuan- do dejaba mal fregados los platos o se eternizaba realizando las tareas;


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otras veces repetían consejos que, de tanto oírlos, María nunca había llega- do a olvidar. Cada fotografía tomaba vida. Al-


gunos días al pasar el plumero se intercambiaban tan solo un saludo. María se disculpaba por no poderles dedicar más tiempo. Otras mañanas, con el


saludo iniciaban una larga


conversación que duraba todo el día. En esas ocasiones, sin que el por- tarretrato se moviera de su sitio, el fotografiado seguía a María a la co- cina, al jardín, a la salita de estar… La acompañaban por la casa como las ondas de la radio que, siempre en- cendida, sonaba sin cesar y a veces escuchaba con atención. Cuando sus sobrinos la visitaban,


acostumbraban a mostrarle reporta- jes fotográficos de acontecimientos


de color que iban experimentando las fotografías en el salón, y que los demás no eran capaces de apreciar. Interpretaba las distintas tonalida- des y matices, asociándolos a los diferentes estados de ánimo con los que despertaba cada mañana el alma del retratado. Este aspecto lo tenía siempre muy en cuenta. Buscaba las palabras más adecuadas para cada si- tuación, ya fuera para devolverle la paz que parecía perdida, compartir la alegría recobrada, o simplemente preocuparse por su salud. El retrato de Sebastián, su her-


mano preferido, el que nunca quería salir en las fotos, fue tomado por sor- presa. Estaba cabizbajo bajo su go- rra de pana, mirando sereno a tierra. Con su presencia se sentía segura. La bondad de sus ojos grises, que ella bien conocía y que la cámara no cap- tó, la llenaban de paz. A Gemita, la primera nieta de su


sobrina Isabel, tan sonrosada y fe- liz, tan protegida por la dulzura del amor de su mamá Nadia, siempre le estampaba un beso en el culito. Después limpiaba la sombra del beso con un paño, y lo dejaba listo para el siguiente beso, como hacían con la frente del Niño Jesús cuando lo ado- raban por Navidad.


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