razón es obvia; si tal dispositivo cayese en otras manos que no fuesen las mías, cual- quiera podría manejarlo a voluntad, y auto- máticamente me convertiría en su esclavo. Si esa persona estuviera a bien conmigo, yo sería feliz, ya que mi estado de ánimo dependería de su buen humor, complicidad, admiración o cariño hacia mí. Sin embargo, bastaría una decepción, un enfado o cual- quier episodio de desencuentro para que pulsase el botón de “BAJAR”, y entonces mi felicidad desaparecería para dar lugar a una sombra desvalorizada, triste y temerosa. Injusto, ¿verdad?
Pues eso es literalmente lo que todos, en mayor o menor medida, hacemos de vez en cuando; y no es preocupan- te si se produce de forma esporádica o relativamente controlada. Sin embargo, algunas personas han deci- dido regalar su mando, lo cual quiere decir que care- cen de mecanismos propios para auto valorarse; en otras palabras, viven a merced de la voluntad de otros.
¿Y a quién suelen confiar ese tesoro? Pues eso depende… Hay personas que ceden el mando a su pareja, pensan- do que depositar un recurso tan valioso bajo la tutela de la persona que han elegido para compartir su vida es un acto de amor o generosidad.
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Sin embargo, ¿verdad que todos sabemos de alguna pareja en las que uno de los dos parece abducido por el otro? ¿Algún conoci- do que ha renunciado a lo más valioso de sí mismo para convertirse en un muñeco mol- deado a gusto de su pareja? Otras personas le entregan el mando a su círculo social o profesional, de modo que sólo se valoran a sí mismos cuando son elogiados por quienes les rodean; lo cual obviamente les lleva a una agotadora carrera por caer bien a todo el mundo, por estar siempre disponibles, an- siosos por conseguir de los demás el recono- cimiento que ellos mismos no saben darse.
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