altura seguro que la salto.
Pero un objetivo poco retador no devuelve empoderamiento al ser superado, de igual modo que adelgazar diez gramos no consti- tuye un aliciente para el que busca curarse de un importante sobrepeso. Si no me em- podero, mi autoestima no crecerá, así que mi autoconfianza tampoco; y ello supondrá objetivos mediocres la próxima vez, y la siguiente, y las demás. Un perfecto círculo vicioso…
…que puede convertirse en virtuoso. Por- que si mi autoestima está alta, o al menos equilibrada, entonces sí confiaré en mi capacidad, ya que los seres humanos ten- demos a confiar de manera natural en las personas que demuestran solvencia y ap- titudes. Y si me fío de mí mismo, buscaré objetivos ambiciosos, que me proporcionen satisfacción al conseguirlos o aprendizaje al no hacerlo. Y un objetivo retador cum- plido es una inyección de autoestima, que se reflejará de nuevo en la autoconfianza, permitiendo nuevas metas desafiantes. Y así sucesivamente.
Conclusión: autoestima alta significa éxito y crecimiento. Bueno, ¿y cómo se incrementa la autoestima?
Imagínate que existiera un mando a distan- cia, parecido al de la televisión, que permi- tiera controlar tu autoestima. Sólo tendría dos botones: al pulsar el de “SUBIR”, te sentirías muy bien, cómodo y satisfecho contigo mismo, capaz de conseguir cual- quier cosa que te propusieras; la vida sería maravillosa, llena de oportunidades, y tú estarías en las mejores condiciones para disfrutarla y ser el primero en conseguir las
posibilidades que te ofrece. Pero al pulsar el botón de “BAJAR”, el resultado sería muy diferente: te verías como un perdedor, alguien que convierte cualquier situación en una competición contra sí mismo o contra los que le rodean, pero es literalmente inca- paz de vencer en ella. La vida sería gris e in- justa, y te pasarías el día preguntándote por qué los demás nacieron con suerte, dinero o belleza y tú, sin embargo, serías una persona profunda y esencialmente infeliz.
Si ese mando existiera en realidad y fuese un objeto tangible tal y como lo hemos des- crito, la pregunta que te formulo es: ¿quién debería custodiarlo? ¿En qué manos debería estar?
No es necesario pensar mucho para darse cuenta de que únicamente existe una res- puesta válida: “sólo yo debo ser quien guar- de y administre ese mando a distancia”. La
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