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Jam Session


Iván Yglesias-Palomar Coach Ejecutivo y de Equipos


Y te amarás a tí mismo como al prójimo


(Homenaje a Stephen Covey, maestro entre maestros, fallecido en julio de 2012)


Cuando trabajo la autoestima en los proce- sos de coaching o en los talleres grupales, me gusta compartir una metáfora que, al margen de lo caricaturesco, creo que resulta muy gráfica.


Estoy seguro de que todos hemos visto alguna vez una prueba de salto de altura. Cuando están a punto de saltar, los atletas realizan con frecuencia un ritual muy carac- terístico: situados en la línea desde la que tomarán impulso, con las piernas preparadas para iniciar la carrera, se balancean alter- nativamente sobre uno y otro pie mientras observan fijamente el listón. Adelante y atrás, una y otra vez, miran con absoluta concentración la barra transversal que debe- rán superar, y que marca la diferencia entre el salto válido y el nulo, entre el éxito y el fracaso. ¿Qué crees que está pensando en ese momento el saltador? Nunca se lo he preguntado a ninguno, pero parece que lo lógico es que esté calculando sus fuerzas, realizando mentalmente el salto, analizando los pequeños movimientos que convertirán el reto en superación. Pues bien, imagínate por un momento que lo que está pensando es algo así: “…Va a ser un desastre… Saltar tanto es imposible… Seguro que lo tiro…


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Si estuviera diez centímetros más bajo vale, pero esa altura no la salto ni soñando…” ¿A que es ridículo? Cualquiera sabe que si ésa es la actitud mental, nuestro atleta no será capaz de saltar el listón.


Esto es así porque el éxito depende en gran medida de la autoestima, que significa lite- ralmente consideración y aprecio por uno mismo. Y este factor no opera solo, sino que forma un sistema circular junto con la autoconfianza y la definición de objetivos, y se retroalimenta de ellos de forma viciosa o virtuosa.


Me explico. Si no me aprecio lo suficien- te, si mi percepción sobre mí es pobre o infravalorada, ¿cómo podría confiar en mí mismo? ¿Quién me garantizaría el triunfo? ¿Cómo podría convencerme de que soy capaz? Y si no lo soy, ¿qué tipo de objetivos me pondré? Pues parece claro que nunca serán retadores, porque seguro que me parecerían inaccesi- bles; y a nadie le gusta la frustración que se deriva de no alcanzar la meta. Así que mis aspiraciones serán mediocres a propósito, para garantizarme el éxito en la medida de lo posible. En otras palabras, colocaré mi listón a veinte centímetros del suelo, que esa


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