En la entrevista personal que complementa esta semblanza en Moldeando la luz, y en la que Miguel Campetella nos descubre muchos rasgos íntimos que nos acercan más a su personalidad, se nos dice: “Pensar que nada está logrado me mantiene en una permanente búsqueda.” Esta búsqueda permanente, esa insatis- facción ante lo que va logrando me- diante investigaciones constantes es lo que mantiene viva la fotografía de Campetella; una fotografía en la que, desde el primer acercamiento a su galería, se descubre un estilo muy característico, consciente de sus po- sibilidades y muy atento al mensaje que pretende transmitir. En las fotos que Miguel Campete-
lla ha ido subiendo a Moldeando la luz destacan esencialmente los retratos. Retratos en los que su autor, que los califica de ‘retratos dramáticos’ cede toda la fuerza a la composición, al es- tudio y desarrollo del marco en que se ubican los retratos, pretendiendo contar una historia a través de su composición final. Sabemos por la citada entrevista que sus modelos son actores, amigos personales del fotógrafo que se prestan a crear una escena, modelar un clima, una expre- sión, una “historia” como digo, a cuyo través adquiere sentido el marco ele- gido, el clima logrado y ese trasfon- do surrealista que lo envuelve todo. Son por lo general retratos en blanco y negro, pretendiendo quizás que la escala de grises sea el vehículo que, a través del gesto y la postura, nos transmita una expresión, consegui- da por lo general mediante primeros planos en que la fuerza de la mirada nos traslade belleza y emoción como síntesis del impacto visual. Muy po- cas veces recurre al color, pero cuan- do lo hace consigue una textura muy sugerente, casi se diría que evanes- cente, como en la foto “Lágrima de sangre”, una composición de suave cromatismo que acentúa la expre- sión del modelo, una suerte de San Sebastián en el que las flechas han sido sustituidas por un alambre de espinos con toda la sugerencia oníri- ca que lo envuelve, o como la titulada “El manto”, en la que la modelo apa-
rece envuelta en una obsesiva ma- raña de garabatos trazados a mano que pespuntean perfiles fascinantes, que de otra manera sería imposible conseguir. Pero no se queda Miguel Cam-
petella en los retratos. A veces traza escenas que los envuelven en un halo de misterio y se recrea en exteriores en los que destaca cierto aire deca- dente y una especie de fantasía albu- minosa que consigue a través de con- traluces bien estudiados y a través de luces filtradas para que las sombras sean significativas como contrapun- to y que opera como un leit-motiv, una obsesión, como esos pájaros ne- gros —¿cuervos quizás? — que solos o en bandadas saltan de una foto a la otra dando cuerpo al misterio o al en- sueño; fantasías al borde del espec- tro, como las que nos muestra en “La
extraña Dama” o en “Una sombra ya pronto serás”, fotografías en las que el juego de luces y sombras, esa es- pecie de niebla que entra a cuchillo en el subconsciente y despierta a la vez ensueños y temores, revelan una personalidad a la vez perfeccionista y soñadora y un modo de hacer y pre- sentar sus fotografías que señalan que el fotógrafo es consciente de que tras un rostro, tras una escena en el bosque de los sueños, tras una fanta- sía, con o sin pájaros negros, hay un hombre que mira al mundo de frente y que a través de su mirada preten- de quizás ofrecernos su propia visión de la realidad. Una realidad que nos muestra a través de tres parámetros esenciales: impacto, belleza y emo- ción.
Francisco Trinidad
Luz y Tinta - 5
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