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momentos la memoria de lo que era su vida entre aquellas oscuras pare- des, mientras las gigantescas pie- dras, pues tenía dos muelas ( era el mayor de Caso), giraban incansables con aquel ruido ensordecedor y cons- tante.


Bajamos hasta allá por el umbrío


camino real, que todavía conserva las gastadas losas en algunos de sus tramos. En poco tiempo llegamos desde Gobezanes. El amplio zaguán de entrada, por donde cabían bien los carros cargados de grano, me dio la impresión de que la recono- ció. Unos pájaros salieron asustados bajo el alero mientras ella sacaba una oxidada llave en un hueco de la pa- red, la aplicó sin dudarlo a una vieja cerradura que se resistió al intento de abrir aquella puerta tantas veces traspasada. Al final, con un rechinar de sus goznes, avanzó resuelta por el polvoriento espacio que los rayos de luz de una ventana dibujaban como rectas carreteras al espacio. De una alacena sacó unas velas que encen- dimos para que nuestros ojos pudie- sen ver aquel espacio. Mientras la luz tomaba fuerza iban apareciendo las tolvas de los molinos y los tórzanos que se utilizaban para cambiar las


ruedas o picarlas cuando se desgas- taban. Era una visión mágica y yo estaba quieto en un rincón asistien- do aquella ceremonia. Al poco, ya la luz de las candelas cogieron fuerza y veíamos bien todo aquel espacio antaño preso de febril actividad. Ce- rré los ojos y trate de imaginarlo. La menuda mujer volcando la escanda ó el maíz en las tolvas, mientras aquel polvo que salía por bajo aseguraba el sustento a las amplias familias de entonces. No había pueblo que no tuviera un molino cerca, y a veces dos. Las erías se plantaban de cereal que era el aporte alimenticio más importante, junto con la leche y en menor medida las carnes de cerdo


Amor Cabeza fue la molinera de Candin hasta que los años y la civilización la obli- garon a dejarlo. Allí crió sus hijos a los que acostaba entre los sacos de cereal...


y las aves. Los animales grandes se empleaban mas para el trabajo y la producción lechera. Estando dentro de aquella amplia


estancia tratando de recrear aquel mundo que solo conocía por libros o reportajes, Amor se sentó. De una bolsa saco la rueca y la lana, y lenta- mente se puso a hilar. Como hacía en los escasos momentos en que la mo- lienda le dejaba un poco de tiempo. Ese fue el momento que como fotó- grafo estaba esperando. Único, irre- petible. Preparé la cámara, busqué el ángulo idóneo, y el clic del obtu- rador resonó en aquel silencio. Había hecho la foto, pero más importante, por lo menos para mí, había captura- do el alma de la molinera, dicho en sentido metafórico. Es una de mis fotos preferidas, no tanto por su téc- nica, que sería mejorable con flash y trípode, sino por lo que supuso de satisfacción personal. Colgada en mi blog, un amigo


“virtual” y grandísimo poeta venezo- lano, también se sintió impresionado por la foto y le dedico un precioso poema que sobreimprimió en la ima- gen.


Monchu Calvo Luz y Tinta - 25


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