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Gijón se abre al mar Cantábri-


co como un abanico. Por eso esta escultura, Elogio del Horizonte, que proyectó y realizó Eduardo Chillida a petición del Ayuntamiento de Gijón es imprescindible en la fisonomía de la ciudad. Es una escultura de hormigón si-


tuada en un lugar privilegiado de la perspectiva ciudadana gijonesa, el cerro de Santa Catalina, que da di- mensión al paisaje de la villa y que antaño fue fortaleza militar y lógica- mente promontorio defensivo frente a las amenazas norteñas que venían por mar. Es una obra de grandes proporciones, que tiene mucho de menhir prehistórico y algo de atalaya marina, con 10 metros de altura y un peso de 500 toneladas. Como puede apreciarse en la fotografía que an- tecede a estas notas se trata de dos pilares que actúan como soportes de una elipse abierta, ambos de hormi- gón armado que fue montado en el propio lugar en que se encuentra tras un minucioso encofrado. Chillida ela- boró diversas maquetas en porespán que posteriormente dieron origen al molde de madera que sirvió para el enconfrado final. El largo proceso de elaboración fue posteriormente re- cogido en un libro que sirve de testi- go de un complejo proceso en el que tanto tienen que ver la visión artística de Chillida como los conocimientos técnicos de sus asesores que propi- ciaron esta escultura que parece im- posible de sostener en equilibrio. La escultura se inauguró oficial-


mente en mayo de 1990, con pre- sencia del artista, en una mañana soleada de sábado en la que los gijo- neses subieron —subimos, pues tuve la oportunidad de asistir— en masa al Cerro para contemplar la escultu- ra en su primer día de ‘pose’ oficial y estrechar la mano del artista que saludó amigablemente a cuantos allí estábamos para aplaudirle. La inauguración se completaba


con una exposición de dibujos infan- tiles que en los colegios gijoneses les habían pedido para la ocasión. Chi- llida visitó la exposición, miró uno a uno aquellos trabajos en los que su obra alcanzaba una dimensión hasta entonces inusitada.


44 - Luz y Tinta


nes y chistes fáciles fueron apare- ciendo sobre la obra de Chillida du- rante meses, hasta que en una de las visitas del propio escultor a la ciudad declaró que las pintadas ennoblecían la escultura. Fuera por llevarle la con- traria, fuera por cansancio, las pin- tadas desaparecieron y hoy aquella que en su día fue polémico proyecto es en realidad el símbolo de Gijón, que se utiliza en camisetas, folletos y otros reclamos publicitarios. Atrás queda la polémica estética


Eduardo Chillida (San Sebas-


tián, 1924 – 2002) fue un relevante escultor español que, tras abando- nar los estudios de arquitectura, se dedicó al arte, principalmente a la escultura, que comenzó reali- zando en yeso para, en 1951, tras una estancia en París, comenzó a trabajar el hierro, Ilarik, material que utilizó desde entonces duran- te toda su vida, alternándolo con otros materiales, como el hormi- gón. Fue un gran defensor de la obra pública, de modo que algunas de sus obras más conocidas se en- cuentran en espacios públicos y se constituyen en parte integrante del paisaje como el Peine del Vien- to en San Sebastián o este monu- mental Elogio del Horizonte de Gi- jón.


Y es que la escultura resultó de lo


más polémica en Gijón. Las formas atrevidas del hormigón —y, por qué no decirlo, la ociosidad de las barras de bar y mentideros habituales— no convencían a una población acos- tumbrada a otros vaivenes artísticos y a ninguno en particular, pero muy dada a la crítica por la crítica y a la más pura maledicencia. La escultura fue objeto de chistes


y de motes. Algunos disparatados, otros imaginativos, como de cos- tumbre; todos, despectivos. Quizás el que más caló en la población fue el que denominaba al Elogio como el váter de King-Kong. Aunque lo más agresivo fueron


las muchas pintadas con que, día sí, día también, aparecía pintarrajeada la escultura. Insultos, descalificacio-


y sobre todo su orquestación dema- gógica y pretendidamente caritativa: los biempensantes de la villa hicieron campaña en el sentido de que los 100 millones de pesetas de la época que había costado la escultura mejor se habrían distribuido entre los pobres, olvidando quizás que el hambre y la pobreza no se combaten ni con la- mentos a destiempo ni con una sola cantidad de dinero, sino con justicia social que propicie un clima que per- mita erradicar los márgenes econó- micos del capitalismo y en el que el arte tenga su cuota de protagonis- mo.


Sea como fuere, alejados los ma-


los vientos de la polémica, acalladas las voces que clamaban en el desier- to de las imprecaciones y los dispa- rates, el Elogio del horizonte se ha convertido, como dije, en el símbolo de Gijón, en uno de sus lugares más visitados y fotografiados por propios y extraños, y en uno de los símbolos de Asturias. Un simple vistazo a Google des-


cubre un sinfín de metáforas, de acercamientos entre simbólicos y poéticos a esta escultura que es ma- gia pura y que entre otras cosas ha propiciado un estudio académico en el que una joven investigadora ha demostrado, tras una minuciosa y atenta toma de datos y registros en distintas circunstancias, que, desde dentro de la escultura, el mar cerca- no suena de otra manera, el viento tiene otro ritmo y las metáforas se condensan alrededor de la estructu- ra hormigonada que el artista dejó expuesta a que el viento, la luvia, el salitre y el inexorable paso del tiem- po dejen sobre ella su huella.


Francisco Trinidad


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