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El viejo apartamento Fue ayer a media tarde –el verde estallaba en los pláta- Abrimos la imagen en Photoshop


y la duplicamos dos veces. A la pri- mera copia le cambiamos el modo fusión a “superponer” y a la segunda copia la cambiamos el modo fusión a “dividir” y a ésta segunda copia la dejamos en un 50% de opacidad. A continuación creamos una nueva capa y en la paleta de colores selec- cionamos el color “000D5E”, y con el bote de pintura (tecla G) rellenamos esta capa y en el modo fusión la cam- biamos a “exclusión”. Volvemos a crear una nueva capa y la rellenamos también con el mismo color que la anterior, y en el modo fusión la cam- biamos a “luz suave” y le bajamos la opacidad a un 70%. Seguidamente creamos una nueva capa de relleno de “filtro de fotografía” y le aplica- mos el filtro que más nos guste. En mi caso le apliqué un filtro caliente a un 27% de densidad. De la imagen original creamos una nueva copia, vamos con esta nueva copia seleccio- nada a “filtro-corrección de lente” y en el modo “a medida” le cambiamos la cantidad de viñeta a -100 y damos a ok y le damos una opacidad de un 20%. Y ya para terminar “acoplamos imagen” para lograr una sola imagen con todos los cambios.


Eugenio R. Meco Luz y Tinta - 19


nos del parque– cuando vi por primera vez el anuncio colgado del balcón: “Se vende o alquila. Informes en portería”. Durante toda la noche y parte de esta mañana, he recordado las cuatro paredes de aquel apartamento donde viví, hace ya treinta años, mis primeros tiempos de estudiante. Esta tarde, incapaz de so- portar la presión del pasado en las sienes, me acerqué despacio, evocando escenas lejanas y resistiendo a medias la pulsión de los recuerdos, me llegué a la portería, aguanté estoicamente las insípidas explicaciones de la portera y acabé siguiéndola, como en trance, escaleras arriba. Me importaban poco el precio, la si- tuación del inmueble, la luz del mediodía que, según ella, inun- daba una parte del salón en primavera o la calidad de vida de unos vecinos impecables. Porque lo que yo quería era volver a ver la mesa en que había consumido tantas horas de estudio en- tre poema y poema; el butacón desinflado que había soportado mi peso durante las indesmayables horas de lectura nocturna; la cama en que descubrí, por primera vez, entre unos muslos tibios, que hacer el amor es mucho más que un rítmico vaivén bajo las sábanas. Pero, sobre todo, quería volver a ver aquel es- pejo, testigo de mis primeras lágrimas de ausencia, borbotones de soledad al margen del paso del tiempo y del desgaste inex- presable del azogue... Cuando la portera repitió por enésima vez el precio increíble de la venta y la perfecta orientación de las ventanas posteriores, supe que nunca más oiríamos el can- to del mirlo en amaneceres compartidos y que el otoño jamás volvería a devolvernos el oro difuso de nuestros propios ojos re- flejados en aquel lago cuyos puntos cardinales hemos olvidado, pero cuya imagen palpita todas las noches en mi corazón con idéntica fuerza.


F.T.


Foto: Lorna Aguirre


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