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Una mañana de junio, a punto de


entrar el verano, un BMW deportivo salía de la ciudad. Había que elaborar un fidedigno censo de las cabezas de ganado del país, y él tenía asignada una zona. Después de hora y media al volante, y habiendo dejado atrás muchos kilómetros de tierras yer- mas, y alguna que otra gallina que no era objeto de su contabilidad, se encontró en el margen derecho de la carretera, un campo de rastrojos donde pastaba un gran rebaño ovi- no. Frenó con gran estruendo, pero las ovejas, concentradas en lo suyo, ni se inmutaron. El que sí se sobresal- tó fue el pastor, tanto, que se le cayó de las manos la navaja. Tenía como afición convertir en flores trozos de madera y recogía en su zurrón las ramas que le pudieran servir. Hasta aquel instante, había estado tan ab- sorto en su escultura como las ovejas en su comida. Ni tan siquiera había sentido acercarse al silencioso coche rojo que, a una distancia de cincuen- ta metros, le deslumbraba. Desde la sombra del almendro, a la luz lateral


20 - Luz y Tinta


de la mañana, centelleaba la carro- cería con brillos metálicos. Un joven esbelto, con traje y corbata, le hacía señas. Ladislao recogió la navaja del suelo y se acercó con curiosidad. En el cruce de saludos el intruso


preguntó si eran suyas las ovejas, a lo que el pastor respondió con un sí ro- tundo, queriendo conocer el motivo de su interés. Aquí fue cuando el de la capital sacó sus credenciales y le ex- plicó que por encargo del Ministerio tenía que entregar un informe sobre el alcance de su propiedad, que si no le importaba contestar a algunas pre- guntas con los datos personales, que los otros sobre el número de ovejas, corderos, pesos, medidas, raza y de- más, el mismo los cumplimentaría; que antes de irse le leería las conclu- siones para que diera su visto bueno. Al del pueblo este asunto, viniendo del Gobierno le hizo sospechar gra- vosas consecuencias, y quiso saber cuento le iba a costar. —Será suficiente con una oveja, le tranquilizó el forastero.


Y el pastor se resignó: pues si así tiene que ser, que sea. Regresó el ganadero a su almen-


dro, al tiempo que el joven desple- gaba su equipo de trabajo. Parecía que fuera a cazar un tornado en vez de contar ovejas. Sobre el capó del coche colocó un sistema de comuni- cación directa con los satélites, para obtener datos exactos del número de ovinos, pesos, medidas y otra in- formación. Establecer la conexión no fue tarea fácil. El trabajo le ocupó casi todo el día. Ya las ovejas, inquietas, se esta- ban acercando hasta la carretera, es- coltadas por el perro y el pastor. Este preguntó jocoso — ¿Cómo va eso?—. Ya está —le respondió triunfal el en- tendido— tiene usted exactamente 350 ovejas, 10 corderos, 25 preña- das… Y continuó con una lectura de- tallada del resto de datos. Reconoció el pastor que todas las conclusiones eran ciertas, y que según lo dicho, podría elegir la ove- ja que más le gustara. Estaba en su obligación retirarse para el ordeño,


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